No fueron honras fúnebres

Un par de pobres, oscuras antorchas que la tormenta
y la lluvia amenazan apagar en cualquier momento.
Un tembloroso paño cubre el ataúd. Vulgar féretro de pino,
sin corona, ni la más mezquina, ningún acompañante.
Como si se llevara rápido a la tumba a un sacrilegio.
Los porteadores se apresuraron. Sólo un desconocido
con un abrigo que se doblaba en amplios y nobles pliegues
siguió el ataúd que era el del genio de la Humanidad. 
 
Conrad Ferdinand Meyer describe secamente el entierro de Schiller. Para la fama que tuvo podría imaginarse un funeral importante. No fue así. Era una noche tormentosa de mayo de 1805. Lo llevaron deprisa a una fosa común de Weimar a pudrirse con otros huesos anónimos. Allá iba el cantor de la "Oda a la Alegría", el dramaturgo y poeta a su última morada. De furtivo que fue podría decirse que "no lo acompañó ningún sacerdote".

La vejez vista por un viejo

Aquel no es país para viejos, los jóvenes en los brazos unos de otros, pájaros en los árboles -esas generaciones moribundas- en su canción; cascadas de salmones, mares poblados de caballas, peces, carne, aves, elogian a lo largo del verano lo que se engendra, nace y muere. Atrapados en esa música sensual todos descuidan monumentos del intelecto imperecedero.
Un hombre viejo es una cosa miserable, un abrigo andrajoso en un palo a no ser que el alma bata palmas y cante, y cante en voz alta, por cada jirón en su mortal vestido. No hay otra escuela de canto sino estudiar monumentos de su propia magnificencia. Y por eso navegué los mares y llegué a la ciudad sagrada de Bizancio. 
Oh sabios que estáis en el divino fuego de Dios, como está el oro en el mosaico de una pared, venid desde el fuego divino, girando en la espiral, y sed los maestros cantores de mi alma. Consumid mi corazón, enfermo de deseo, atado a un animal agonizante, no sabe lo que es, y juntadme al artificio de la eternidad.
Cuando esté fuera de la naturaleza nunca volveré a tomar mi forma corporal de ninguna cosa natural, sino la forma que dan los orfebres griegos con oro martillado y esmaltado de oro para mantener despierto a un emperador somnoliento, o la que ponen en una rama dorada para cantar a los señores y damas de Bizancio lo que pasó, lo que pasa y lo que vendrá. 
 
Dicho así, en pedestre traducción, no suena mal: las ideas son magníficas. Cuánta renuncia, cuánta nostalgia, cuánta lucidez. En el inglés de W.B. Yeats el poema es maravilloso. 

Autobús urbano

El autobús urbano -en esta ciudad no hay tranvías- es un buen lugar para observar las clases sociales. Lo primero que llama la atención del viajero son los usuarios de este servicio: estudiantes y mujeres. No hay hombres adultos. Es decir, quienes utilizan el autobús urbano son gente con pocos recursos económicos; el autobús es cosa de pobres. ¿Qué hacen los viajeros? Si son chicos conversan en voz alta, ebrios de su juventud, sobre arduas cuestiones escolares. Alguno habla de su padre, otro discute de fútbol. Muchos viajeros van absortos en sus móviles o llevan auriculares. Ninguno lleva un libro (al menos yo no he visto a nadie practicar la lectura, España es enemiga de este ejercicio civilizado, España es un país de brutos). Al cabo de unos cuantos viajes uno ya se convierte en cualquiera de estos viajeros habituales y se mimetiza, se torna indiferente. Deja de observar, bosteza, mira por la ventana. ¿A qué me recuerda esto? El autobús es el mundo.

Parking gratuito

Comencé a explicar el argumento de una película. Tuve que interrumpirme. No encontrábamos el coche. El aparcamiento estaba lleno. Todos los coches se parecen, igual que sus ocupantes y propietarios, eso hacía difícil la operación de búsqueda. A todos nos ha pasado alguna vez. Quien nunca tuvo dificultades en encontrar su coche en un parking es un monstruo. Son cosas de la edad adulta, por otra parte. Era de noche ya. ¡Hombre, la noche! Qué costumbre tan simpática. Momento decisivo: "Lo dejaste junto a un arbolito" eso fue la pista fundamental, lo que nos puso en el camino de la victoria. Un cuento fantástico seguiría diciendo que nos quedamos eternamente en ese aparcamiento, buscando el coche. Pero no fue así. Estábamos eufóricos, ebrios de triunfo. Nunca terminé de explicar el argumento de aquella película.

Whitman entre cadáveres

¡Aquí el gran narrador de América!
La pantalla de Google images llena de sus fotos: 
desde la juventud hasta la vejez.
Moreno, joven, con gafas redondas.
El tiempo le desgasta, el tiempo le desgasta.
Viejo, calvo, sin gafas. Una joven 
muy guapa le mira embelesada. 
¿Sería su mujer? ¡Qué envidia!
Fotos de una larga vida: los oscuros principios,
la fama y el escándalo.
Mucho trabajo, muchos viajes, muchas mujeres.
Un par de guerras mundiales por medio.
Son las fotos de toda una vida, 
la larga vida de un gran escritor.
Trazan una trayectoria personal borrada. 
Un destino anulado. 
Decisiones. Renuncias. Laberintos.
Hace mucho que ha muerto. 
Ni Dios se acuerda de él 
ni de sus obras.

Mesa de novedades

Tengo por costumbre mirar si hay una cita al principio de una novela que desconozco. Generalmente es lo único que leo de las novelas que se publican hoy: "por sus citas los conoceréis" (cuántas paráfrasis se hacen de los Evangelios, son una mina de paráfrasis). Me basta ver la cita elegida para deducir la categoría del escritor. 
        Entro en una librería. Tomo de la mesa de novedades un libro: La cura de Schopenhauer, de un escritor norteamericano. Esta novela se abre con una cita del filósofo, aunque no se indican ni el lugar al que pertenece ni el autor. Dice: "cada respiración nos defiende de la incesante invasión de la muerte, con la que luchamos cada segundo, y de nuevo, en intervalos más largos, con cada comida, cada vez que dormimos, etc. Al final la victoria es suya, pues somos sus víctimas ya desde el nacimiento. Ella juega un rato con su presa antes de devorarla. Nosotros continuamos nuestra vida, mientras tanto, con enorme interés y mil cuidados, tanto como sea posible, como se sopla una pompa de jabón, empeñados en inflarla al máximo, durante el mayor tiempo, aunque con la firme certeza de que estallará"
      Leo la cita y cierro el libro. ¿Qué más necesito leer después de esto? Y con esta frase resonando en la cabeza salgo de la librería llena de novedades.

Anochece

Se encienden las farolas. La calle resuena con el ruido de los cubos de basura vacíos que deja el camión. Hacen un ruido hueco, de cubos vacíos. Los basureros reflectantes los golpean contra el suelo para separarlos, los tratan con dureza. Dentro de unas horas estarán llenos de bolsas de plástico llenas de desperdicios y algún tesoro sin brillo. De madrugada los recogerán, pesados, sin sonar a hueco. Ahora un niño, del otro lado de la calle, contagiado de ruido, da patadas a uno de los cubos huecos.

Cuaderno expresionista

Un par de poemas de Jakob van Hoddis, gaseado en 1942 (se ignora la fecha) por los nazis:
 
Arroja el ancla
no en lo profundo
del lodo de la tierra
sino en la altura
del azul del cielo
y tu barquilla
atracará felizmente
en la tormenta.
 
El siguiente poema, de corte apocalíptico, abrió la célebre antología de poesía expresionista preparada por Kurt Pinthus en 1919 "El crepúsculo de la Humanidad" que tuvo el honor de ser quemada en 1933 en la Bücherverbrennung (quema de libros) nazi. Los nazis tenían un talento enorme -y negativo- para el arte y la literatura pues quemaron y destruyeron las obras realmente valiosas. Este poema está tan vivo como el día en que se escribió. Fue publicado en 1911 en la revista "El demócrata" de Berlín.
 
FIN DEL MUNDO
 
Al burgués le vuela el sombrero de la cabeza puntiaguda,
por el aire retumba una especie de grito,
los techadores caen y se destrozan
y en las costas -se lee- sube la marea.
 
Llega la tormenta, los mares salvajes brincan
a la tierra para aplastar los gruesos diques. 
La mayoría de las personas están acatarradas.
Los trenes se caen de los puentes. 

Obreros jodiendo en la facultad

Los obreros reciben órdenes. Los obreros no saben que son clase obrera. Es como si un pulpo supiera que es un molusco cefalópodo: eso lo sabe el zoólogo, no el pulpo. Los obreros tienen que quitar el cajero automático, empotrado en la pared de la fachada, y cambiarlo por otro más moderno, más seguro, mejor anclado al suelo. Para retirar el antiguo trasto -bastante más feo que un piano- los obreros usan un martillo pneumático. La pared es de hormigón, con hierros de encofrado que tienen que cortarse con una radial. El cajero está en el edificio de la universidad. No llevan cinco minutos con ese arma de demolición sonora cuando llega un administrativo de la facultad: una profesora se queja. Deben parar inmediatamente. El ruido molesta, así no se puede dar clase. No sólo es el ruido, son las vibraciones. Así no se puede comentar la égloga de Garcilaso, el poeta muerto de una pedrada. ¿Qué van a hacer los obreros? Dejar la máquina infernal, esperar a que termine la actividad docente, pasadas las ocho de la tarde. Volverán a esa hora, para continuar la demolición y el trabajo que queda pendiente. No terminarán antes de las doce de la noche. Por ruidosos. Por brutos. Por tener las manos gruesas y ásperas.
       Y tú, que no eres ni obrero ni profesor universitario, ¿de quién estás más cerca? De los obreros. Quizá eres ese obrero que lee y hace preguntas en el poema de Brecht. Hofmannsthal dice: "algunos, es obvio, tienen que morir abajo, donde los pesados remos de las naves rozan. Otros habitan junto al timón arriba, conocen el vuelo de las aves y las regiones de las estrellas"

Nocturno

Haces de luz de coches solitarios iluminan las rocas altas del desfiladero. Juegos de luz, enajenación y delirio, en este lugar tenebroso. No se oye más que la corriente del río. La carretera no lleva a ningún lugar, más que a la aniquilación. Detrás de los montes asoma la luna. Se recorta el diente de sierra del perfil de los montes, una silueta oscura de perdición. Un jirón blanco de niebla baja de la ladera abrupta. Hay una casa triste al borde la carretera, una luz insignificante; dentro se oye el llanto de un niño. Las gotas de lluvia golpean las hojas de los árboles. ¿Qué quiere decir ese rumor? ¿Está a punto de pasar otra desgracia? Como un animal salvaje, los sentidos despiertos. La amenaza es permanente.
        Tú, caminante perdido, a deshora, obsesionado, en este lugar fantasmal cargado de presagios, siniestro laberinto, vuelve a la habitación solitaria y ajena. La vida es una mala noche en una mala posada. Ya en el lecho, avanzada esta noche de noviembre, te despertará un mal sueño: alguien te pedirá que apagues la luz, cada vez con más furia, y tú no sabrás cómo.

Georg Trakl

Un 3 de noviembre de 1914, tal día como hoy, murió a los 27 años Georg Trakl. Si tenemos el sufrimiento pero nos faltan las palabras podemos ir a buscarlas a este poeta, porque si alguien tuvo una vida desgraciada y miserable fue este poeta genial. Un año antes de su muerte, escribió, noviembre de 1913 desde Viena, mientras solicitaba un empleo en el ministerio del Trabajo, una carta a su gran amigo Ludwig von Ficker (que merece un monumento por su lealtad y su ayuda) en la que le decía: "en los últimos días me han ocurrido cosas terribles de cuya sombra no podré librarme en toda mi vida. Si, queridísimo amigo, mi vida se ha roto en pocos días  de una forma indecible y sólo me queda un inefable dolor al que incluso se le niega la amargura... ya no sé ni lo que hago. Es una desgracia sin nombre cuando a uno se le parte el mundo en dos. Oh Dios mío, qué sentencia ha caído sobre mí. Dígame que aún debo tener fuerzas para vivir y hacer lo verdadero. Dígame que no me equivoco. Esto es una oscuridad de piedra. Oh, amigo, qué pequeño e infeliz me he vuelto" En agosto de 1914 estalló la primera guerra mundial, que era lo que le faltaba. Trakl fue movilizado y enviado al frente de Galitzia para que atendiera, como sanitario, a los heridos en el combate. No pudo soportar tanto horror y tomó una sobredosis de cocaína.

Día de los difuntos

Con la modernidad se perdió la esperanza en la vida eterna (y el pavor al infierno). Pero somos únicos (con permiso de Hegel y Marx) y esto es lo que hace irrepetible nuestro transcurrir en el tiempo. ¿No amamos a nadie al que la muerte arrebató? ¿No vimos el caleidoscopio de su rostro, no oímos su voz, no apreciamos sus gestos, el iris de sus ojos, el misterio que encerraba? Vive esperanza, ¡quién sabe lo que se traga la tierra!
      En el siglo XIX aparecen las masas. En el XX se desarrolla esta tendencia. Surge el "se" impersonal, el "tú" abstracto de la publicidad, el sujeto pasivo del fisco, el objeto que graban las cámaras y al grabar lo cosifican. La vida ya no vive. Todo esto arrastra por tierra ese valor infinito (digamos infinito) que tendría un individuo; el carácter de cada ser, irreductible a todo. Nuestra vida cotidiana es una inmersión poderosa en el océano de la insignificancia: se nos dice de mil modos que, como individuos, no valemos nada, que somos prescindibles. Importa el drama: los actores son circunstanciales. La TV sigue encendida cuando todos están muertos en la casa. El hormiguero de la gran ciudad. Los muertos anónimos de los sucesos. La Babel de un aeropuerto. Groenlandia totalmente asfaltada y con arbolitos cada cinco metros. La megalópolis planetaria. Los vastos cementerios bajo la luna.
       Todo lo que llega a ser quiere permanecer siendo (el conatus, de Spinoza); ahora bien, los hombres tenemos, si esto es así, un enemigo terrible: la muerte. Porque si la muerte significa la aniquilación total de nuestra persona, entonces, ¿qué broma es ésta? Maldita la gracia. Es para poner el grito en el cielo. "Porque si los muertos no resucitan, ni Cristo resucitó; y si Cristo no resucitó, vana es vuestra fe, aún estáis en vuestros pecados. Y hasta los que murieron en Cristo perecieron. Si sólo mirando a esta vida tenemos la esperanza puesta en Cristo, somos los más miserables de los hombres" Esto escribió San Pablo. En el libro sobre la Trinidad dice San Agustín, con su pasión y elocuencia: "Y si quieren ser dichosos, sin duda no anhelan que su dicha se esfume y perezca. Sólo viviendo pueden ser felices; por consiguiente, no ansían que su vida fenezca. Luego todo el que es verdaderamente feliz o desea serlo, quiere ser inmortal. No vive en ventura quien no posee lo que desea. En conclusión, la vida no puede ser verdaderamente feliz si no es eterna". ¡La vida eterna! Comparado con esto las ambiciones de la ciencia -que es una empresa admirable- parecen muy pobres, y la ciencia es la diosa de nuestro tiempo. Esta afirmación puede ponerse en duda: la diosa de nuestro tiempo es la economía; es decir, una miseria. Muy bien: aquello de la inmortalidad era un cuento chino. Ahora serán los chinos los que nos cuenten otro cuento: cómo se construye una gran potencia económica que nos ponga a todos de rodillas.
      Pascal dijo: "me parece bien que no se profundice en la opinión de Copérnico pero esto... importa para toda la vida saber si el alma es mortal o inmortal" Pascal estaba en una encrucijada. Tomó el camino que terminó llenándose de maleza. 

Nadie

Me libraré de la opresión y del ruido exigente de una voz familiar. En los aludes soy un copo de nieve y en las tempestades una gota de frío. Cuando salgo incandescente de la pistola y busco con determinación el pecho de mi adversario mi voluntad se concentra en un glorioso impulso de penetración. He perdido todos los trenes del mundo y jamás llegué tarde a ninguna cita, porque nadie me esperó jamás. Soy divinamente inútil, no estoy registrado en ningún censo, ni pertenezco a ningún partido, ni tampoco fabrico cosas para uso cotidiano. He dejado que se pudrieran dócilmente las hojas caídas de pasados otoños. No acudo a ningún río sin una buena provisión de lágrimas, como aquel pueblo errante y milenario. Piso la tierra con esfuerzo y me tumbo bajo la sombra de estatuas mutiladas hasta que los rayos del sol asoman por detrás de edificios en ruinas. En cada rostro humano veo la codicia y la ternura. Cada vez que me ignora la muchedumbre siento un deseo irrefrenable de confundirme con el cobre inmemorial que yace escondido en las entrañas de un paisaje desolado y remoto. Me han crecido excrecencias de silencio. Tengo que perseguir fracasos aún más vulgares atravesando barreras de fuego. Aunque las verduleras que venden sus productos dando gritos cobren la forma de mis padres y me llamen a casa y sonrían al niño. Adiós, adiós, les dirá mi solemne vocación. Con qué ilusión emprenderé el camino cuando comience a levantarse el viento. Tengo que pasar bajo arcos derrumbados, en las augustas ciudades del desierto, a través de un gran círculo de arañas. Levantaré las piedras para aplastar con ellas al astuto escorpión. Caminaré descalzo para llegar a ser nadie.

La fortaleza

Hubo un tiempo en el que había miedo de salir a la calle. Un tiempo en el que había que pasar de largo, corriendo, cuando un grupo de matones apaleaba a alguien indefenso. Un tiempo donde no se podía hablar en voz alta. Un tiempo de recelo, delación, miedo, abyección, vileza. Un tiempo en el que las personas decentes (que las hay) se mordían la lengua, vivían avergonzadas y en el que los canallas (que los hay) vociferaban y campaban por sus respetos, abusando de cualquiera, sin nadie que les hiciera frente. Un tiempo en el que ser grosero y brutal era un orgullo y en el que pensar y ser justo se interpretaba como debilidad. 
       ¿Cómo se pasa de una sociedad civilizada (civilizada, no perfecta) a un estado de barbarie? Hay que estar siempre alerta. Si el centinela se duerme, la fortaleza está perdida. 

Somiedo

El montañero camina borracho de soledad entre las rocas. 
Lo que teme el montañero, de lo que huye, es del estado del mundo. 
Las montañas no son el mundo. No hay lenguaje en las montañas. 
El montañero sabe que es imposible ser un eremita.
El nihilismo de las montañas es más soportable que el odio, el hacinamiento y la degradación humanas. 
El montañero siente pavor por las multitudes, pero no puede quitarse de encima la masa a la que pertenece.
Las montañas son terribles, por eso son hermosas.
Hay dignidad en su soberana indiferencia por la vida y la muerte.
En el lago se refleja la estela de un avión.
El montañero come el bocadillo sentado en una piedra caliza. 
Cualquier panorama de las montañas es su autorretrato. 
El mundo recupera su belleza allí donde no hay restos humanos. 
El montañero encuentra su esqueleto al pie de una pared de rocas, donde nunca da el sol.
El montañero se olvida de que ha sido engendrado.
Se imagina ese paisaje a la luz de la luna llena.
Las montañas le llaman, siente por ellas una atracción irresistible.
A las montañas se va solo.
De las montañas no se regresa.

Zagajewski y compañía

Pocas veces se aplaude a un gran poeta. Hoy, 18 de octubre del 2017,  tuvimos la ocasión de hacerlo en Oviedo en un acto organizado en honor de Adam Zagajewski, el poeta polaco ganador del Princesa de Asturias de las Letras. Al entrar se quedó un momento parado, algo desconcertado, recibiendo la ovación y el afecto del público. "Qué cara de polaco tiene" le dije a un amigo (es la cara que supongo tiene que tener un polaco, con rasgos eslavos). Fue un acto hermoso. Zagajewski leyó algunos de sus poemas, la traducción aparecía en una pantalla detrás de él. Entre lectura y lectura de Zagajewski fueron apareciendo poetas asturianos (algunos residen fuera de Asturias) que leyeron poemas propios. Creo que Zagajewski se ha llevado una gran impresión. Xuan Bello, Aurelio G. Ovies, Teresa Soto, Fernando Menéndez, Fernando Beltrán, Jordi Doce, Vanesa Gutiérrez, Martín López-Vega, Javier Almuzara, Berta Piñán, José Luis Piquero. Zagajewski estuvo muy bien acompañado. Fue un recital estupendo.

Desfiladero

¿Y el ruido ese lo hace el agua al estrecharse el desfiladero
o es un avión comercial que pasa continuamente?
Es bonita la ruta. Hay árboles y peñas. Observa
cómo las rocas son distintas: en esa parte calizas,
en la otra cuarcitas. 
                                       Ahí va el padre, la madre y dos niños.
Tú no serás padre de familia. Y las familias son irremediablemente.
La verdad es que me está serenando mucho.
Memoria insuficiente. No puedo hacer fotos de los riscos
ni un selfie en la cascada. ¿Para qué está allí entonces?
Un puente frágil. Lo cruzo. Me atrevo. Abajo paso yo
y mi posible accidente. La familia no lleva paraguas.
En el bosque de hayas ha brotado el "Libro del Tao" como una seta.
Fumo un puro entre acebos, después de estornudar,
perseguido, como siempre, por pensamientos húmedos y sombríos.

Antología personal

Intento compensar la vulgaridad de la vida, la soledad y la insuficiencia de las relaciones humanas con algo de poesía. He descubierto recientemente un método: imprimo en folios algunos poemas que me gustan y los llevo en el bolsillo de la chaqueta. Son una antología personal. Si cayera muerto en la vía pública los encontrarían entre mis efectos personales. Me parece bien. Algunos de los poemas que llevo -cito de memoria- son los siguientes:

-"Out, Out", de Robert Frost. Un chico está serrando madera. La sierra le cercena la mano y muere desangrado.
-"The star-splitter" de Robert Frost. Un hombre quema su casa para gastar el dinero del seguro en comprarse un telescopio. 
-"Sayling to Byzantium" de W.B. Yeats. El poeta es un hombre viejo (Un hombre viejo es una cosa miserable) que espera eternizarse en el trabajo de los artistas bizantinos. "Monumentos de intelecto imperecedero"
-"Ode to a nightingale" de John Keats. Una noche de verano Keats oye entre los árboles, a las afueras de Londres, cantar a un ruiseñor. "No naciste para la muerte, pájaro inmortal. Las generaciones hambrientas no te han pisoteado"
-"An die Nachgeborene" de Bertolt Brecht. Escrito a finales de los años treinta, durante la dictadura de Hitler. "Realmente, vivo en tiempos oscuros" dice. El poema está dirigido a los que están por nacer y no conocieron esa época en la que hablar de árboles era casi un delito.
-"Orpheus. Eurydike. Hermes" de Rilke. A partir del mito de Orfeo que desciende al infierno para rescatar de la muerte a Eurídice. En el momento en que Hermes, que lleva de la mano a Eurídice, dice con dolor: "¡ha mirado hacia atrás!" ella (la tan amada) no entiende y le pregunta: "¿quién?" 
-"Veles e vents" de Ausiàs March. El poeta simula una peligrosa travesía por el mar, lleno de inquietud por saber si la mujer que ama le corresponde. "A juego de dados te compararé" dice el verso final.
-"Ultimo canto di Saffo" de Leopardi. La poeta griega expresa su dolor antes de arrojarse por un acantilado. "Arcano es todo, salvo nuestro dolor"
-"The idea of order at Key West" de Wallace Stevens. Una mujer canta a la orilla del océano. La canción que canta es el mar y el mar se convierte en su canción. 
-"Nachtgedanken" de Heinrich Heine. Escrito en el exilio parisino del poeta que recuerda con nostalgia a Alemania y a su querida madre, la cual le escribe sus cartas con letra temblorosa. 
-"Meriggiare pallido e assorto" de Eugenio Montale. Darse cuenta con estupor, bajo un sol aplastante, que la vida es caminar por un muro que rematan trozos agudos de botella. 
-"September 1, 1939" de W.H. Auden. Escrito en Nueva York el día que estalla la segunda guerra mundial. "We must love one another or die" dice. "En este aire neutral donde ciegos rascacielos usan toda la fuerza de su altura para proclamar la fuerza del hombre colectivo"

Estos son algunos de los poemas que llevo en el bolsillo. Dejo aquí la lista de esta antología personal, que podría continuar, por no ser prolijo ni caer pesado.

 

Saliencia

                                Intrai per lo cammino alto e silvestro

Tierra traidora. Enebros. 
Altura y pelos.
Aquí hubo un glaciar, lo dice el cartel.

Abajo el lago, el ojo  silencioso
cada vez más abajo.
Ni siquiera hay silencio en las montañas.
Ni siquiera hay soledad en las montañas. 
Si se pierde tendría que volver
a bajar a la orilla
                                 A desandar
ese largo camino improvisado.
Hay demasiada piedra no se puede
andar como dios manda. 
Da un grito que retumba 
en la eternidad de las rocas. 
La noche se le puede echar encima.
Ha bebido la última botella.  
Y quedará atrapado por el lago.
Ellos no tienen miedo de perderse
su rodillas son piedras, son el aire.
Aquí se cruzan mil generaciones.

Ellos ya son raíz.
                                Abajo el lago 
inhumano profundo
cada vez más abajo 
cada vez más estúpido.                                                   

Amarga verdad

Es una ley de la naturaleza, no una opinión personal. No es pesimismo: es realidad.
 
optima quaeque dies miseris mortalibus aevi
prima fugit; subeunt morbi tristisque senectus
et labor, et durae rapit inclementia mortis
 
Los mejores días de la vida huyen los primeros de los desgraciados mortales: sobrevienen las enfermedades y la triste vejez y la fatiga, y la fatalidad de una muerte inexorable nos arrebata.
 
Virgilio, Geórgicas, III, 65-67