Kant y el cielo estrellado

Al final de su "Historia natural y teoría general del cielo", una obra precrítica, Kant dice en la Conclusión: 

En efecto, después de llenar su ánimo con éstas y las anteriores consideraciones, el aspecto del cielo estrellado en una noche serena procura una especie de deleite que sólo sienten almas nobles. En la tranquilidad general de la naturaleza y el reposo de los sentidos, la oculta capacidad cognoscitiva del espíritu inmortal habla un lenguaje inefable y ofrece conceptos sin desarrollar que bien pueden ser sentidos pero no descritos. Si entre las criaturas pensantes de este planeta hay seres viles que no obstante todos los alicientes con que un tema tan grande puede atraerlos, se aten firmemente a la servidumbre de la vanidad ¡cuán desgraciado es este globo de haber podido producir criaturas tan miserables! 

Esta tarde de diciembre brillaba la luna creciente y justo debajo Venus. Era maravilloso. La contaminación lumínica, el resplandor de las televisiones, el fútbol, el repugnante Trump, los sloganes publicitarios, la miseria económica del seguro más barato y la cháchara telefónica apenas nos permite contemplarlos. 

Pero la luna y Venus siguen estando. Y estarán. 

Engels y la gran ciudad

Engels describe así la masificación de Londres, hacia 1845:

La multitud tiene algo repulsivo, algo que indigna a la naturaleza humana. Estos cientos de miles de personas, de todas las clases sociales, que se apretujan al pasar, ¿no son todos hombres con los mismos atributos y capacidades? ¿No tienen todos el mismo interés en ser felices? ¿No ambicionan todos su felicidad por los mismos medios y caminos? Pero pasan corriendo unos junto a otros como si no tuvieran nada en común y parece que el único acuerdo entre ellos es el tácito acuerdo de que cada uno se mantenga del lado derecho de la acera para que las corrientes de la multitud no se detengan una a otra, y a nadie se le ocurre dignarse mirar a los demás. La brutal indiferencia, el insensible aislamiento de cada individuo en sus intereses privados es tanto más asqueroso e hiriente cuanto más pequeño es el espacio al que están reducidos y cuando sabemos, además, que este aislamiento del individuo, este egoísmo estrecho de miras, es el principio fundamental de nuestra sociedad. Esto no ocurre en ninguna parte de una forma tan descaradamente evidente, tan clara, como precisamente aquí, en la multitud de la gran ciudad. La desintegración de la Humanidad en mónadas, cada una con su principio vital y su fin aparte; el mundo de los átomos ha alcanzado aquí el grado más extremo.

Friedrich Engels, La situación de la clase obrera en Inglaterra

Cualquier parecido con la realidad

Fue hace millones de años. Por lo que hemos descubierto en este planeta hubo vida. Vida multiforme y una especie con cierta habilidad técnica que fue la causa de la destrucción de este planeta gris. En el momento del desastre, según revelan nuestros estudios, se dividían en dos grupos: una minoría de ellos acaparaba todas las riquezas y la inmensa mayoría sobrevivía penosamente. Entonces, la nación más poderosa, que estaba en su momento de declive, eligió como jefe de Estado a un hombre riquísimo, zafio, astuto, ignorante y cruel. Lo que queda de la vida que hubo en este planeta es esta muestra contaminada con un mínimo de radioactividad (debieron de conocer esta energía).

Ciencia ficción. Viejo truco del Planeta de los Simios: tomar distancia en el tiempo y el espacio, usar el estilo indirecto, para comprender mejor, para satirizar una sociedad o una época, para burlarnos de nosotros mismos, para deplorar nuestra condición. 
      Montesquieu, Cadalso, Luciano, Voltaire, Leopardi o Swift echaron mano de este recurso. 

Mejor no pensarlo

La esperanza es la cosa más ilusoria del mundo. Si nos diéramos perfecta cuenta del torbellino que es la Historia, de los peligros que nos acechan continuamente, de lo frágiles que somos, de las mil maneras que existen de arruinarnos la vida no nos moveríamos de un rincón. Pero no hay criatura más inquieta y más gallarda que el ser humano. Nos afanamos bajo una estrella que corre cada día por el cielo a toda velocidad, en una naturaleza que es totalmente indiferente, si no es hostil y no barre de un manotazo a millones de criaturas. Tarde o temprano acabaremos y acabaremos mal. Sería un detalle que nos desintegráramos como pompas de jabón, dejando un dulce perfume. Si somos finitos que el final sea una evaporación, sin dolor ni agonía. Pero la muerte no es agradable nunca. Rarísimas veces es un quedarse dormido. Siendo así de desagradable muchísimas veces la muerte es la terrible y fútil liberación a una vida de alcohol, suciedad, tristeza, marginación, soledad, locura, violencia, enfermedad, degradación, pobreza. Acabaremos mal, hagamos lo que hagamos, por muy prudentes que seamos, por mucha vida sana que llevemos. El enemigo es demasiado poderoso, nuestra naturaleza demasiado miserable. Pero el amor, la ilusión, la esperanza, la resistencia, el olvido y las ganas de comer son nuestras armas.

El europeo ideal

Hoy hace 300 años que murió Leibniz. Me han encargado que pinte a lo Rafael en un muro de la catedral de Hannover (si es que existe y si no existe alguna razón suficiente habrá para que eso suceda) un fresco representando a la Filosofía desnuda y pobre. Alguna vez he pensado que Leibniz fue, es y será el europeo ideal.

Conversación interior

L'homme est ainsi fait qu'à force de lui dire qui est un sot, il le croit. Et à force de se le dire à soi-même, on se le fait croire. Car l'homme fait lui seul une conversation intérieure, qui'il importe de bien régler.

"El hombre está hecho de tal manera que, a fuerza de decirle que es tonto se lo cree. Y a fuerza de decírselo a sí mismo, se lo cree. Pues el hombre tiene una conversación interior que importa ordenar bien"

¡Así es, monsieur Pascal! ¡Ha dado usted en el clavo! Nuestra vida auténtica no son los sucesos exteriores, sino esa conversación secreta, mental, que tenemos continuamente con nosotros mismos. Importa ordenar esa conversación. Nos va la vida en ello. Otra genial intuición de Pascal, que era un extraordinario psicólogo.

Emilio Lledó

Soy poco dado al elogio pero a veces no hay más remedio. No hace mucho caí por puro azar en un encuentro de Emilio Lledó con estudiantes de filosofía. Este hombre que nació el mismo año que se publicó "Ser y Tiempo" (1927) es un octogenario apasionado, lúcido, juvenil, elocuente. No todo es una ciénaga de desmoralización. Estando en la sala tuve la sensación de encontrarme ante un "gran hombre": un fenómeno raro. Un mortal cuya presencia carnal, concreta, provoca una impresión profunda. El auditorio escuchaba con emoción las palabras de este sabio que se expresaba sin pedantería, con claridad. Sentir admiración por ciertas personas nos eleva; nos hace mejores, más ágiles, más alegres, más luminosos. Emilio Lledó es una de esas personas.

La última ilusión

De todas las ilusiones la última que se pierde es la del amor. De decepción en decepción, o tal vez con un amor correspondido, edificado día a día, con la dulzura y la vulgaridad de las cosas cotidianas, fortalecido por el tiempo. No hay mayor felicidad al alcance de los mortales que el amor correspondido. Sin embargo el amor se termina, más pronto o más tarde. Quisiera creer con el poeta que la muerte no interrumpe nada. Pero cada uno de nosotros bajará solo a las tinieblas.

Sublime silencio

Schopenhauer se toma la vida muy en serio, no hace bromas con el dolor del mundo. En el capítulo que dedica a la muerte en El mundo como voluntad y representación (que se lee con los labios apretados, en estado de trance, como lo leyó cierto personaje de Thomas Mann) aparece lo siguiente:
 
Klopfte man an die Gräber und fragte die Todten, ob sie wieder aufstehen wollten; sie würden mit den Köpfen schütteln.
 
"Si se llamara a las tumbas y se preguntara a los muertos si quieren volver a levantarse dirían que "no" con la cabeza".
 
Es una frase fascinante que recuerdo a menudo. Los muertos niegan con la cabeza. Nada más. -"¿La Vida? No queremos saber nada de ella"
       En un pasaje de la Odisea Ulises baja al infierno y se encuentra con Ájax, al que ofendió gravemente. Ulises le dirige la palabra y Ájax, rencoroso, no le contesta. A veces el silencio es la respuesta más elocuente.

Esto es gratis

Todo lo que quieras lo tienes a tu alcance. Eres joven y lo serás siempre. Somos sinceros como tú lo eres. Te han hablado alguna vez del pasado; por aquí ya han caminado muchos millones de humanos, pero no pueden comprar cosas, no tienen un cuerpo, su nombre lo ha borrado el olvido. Da igual. Tú eres joven y lo serás siempre. 
      La puesta de sol que no tienes tiempo ni ganas de ver, el viento que mueve las hojas, el canto de los pájaros y las sirenas, el olor de la tierra, las montañas de basura, la radiación nuclear que se filtra entre los bloques de hormigón, el aire contaminado, el miedo al extranjero, la guerra lejana y atroz, tu tarjeta de crédito, el rastro que dejas en el ordenador y el inevitable fracaso final.
           Todo esto te lo ofrecemos gratis.

Sobreponerse es todo

El 9 de octubre de 1906, tal día como hoy, un joven de 19 años, de rancia estirpe nobiliaria, Wolf Graf von Kalkreuth, extraordinariamente dotado para el arte y los idiomas, habiendo elegido, a pesar de su pobre constitución física, la carrera militar y seguramente abrumado por la dureza y la brutalidad de la disciplina castrense (la vida es eso) puso fin a sus días. Este suceso inspiró a Rilke un tremendo poema "Requiem" -Oh, vieja maldición de los poetas, que se quejan donde deberían cantar- que termina con uno de los versos más conocidos suyos: Wer spricht von Siegen? Überstehn ist alles. "¿Quién habla de victorias? Sobreponerse es todo." Rilke se dirige con simpatía al muchacho difunto y le dice que no se avergüenze cuando le rocen los otros muertos, los que soportaron hasta el final. Es un poema estoico. 

Machtergreifung

Distinguido y querido amigo:

Estoy aquí desde hace dos semanas con objeto de colocar a un pequeño negro francés. Entretanto sabrá usted que nos aproximamos a grandes catástrofes. Aparte de lo privado -nuestra existencia literaria y material queda aniquilada- todo conduce a una nueva guerra. No doy un céntimo por nuestras vidas. Los bárbaros han conseguido gobernar. No se haga ilusiones. Gobierna el infierno.
     
        Cordialmente, su viejo amigo

Joseph Roth, carta a Stefan Zweig, febrero 1933

Nuestro sombrío presente

Primero el Brexit. Ahora Colombia. En noviembre, ¿Trump? Si gana este enemigo de la razón y la justicia lo tendré claro: existirán síntomas evidentes de que la especie a la que pertenecieron Darwin, su abuela y San Francisco de Asís se está imbecilizando, muy democráticamente, a marchas forzadas. No sé, a lo mejor estoy exagerando.

Iván Illich

El hombre muerto, el que hizo lo que había que hacer, el que ahogó su potencial por adaptarse al medio social (el medio puede ser insuperable por estúpido). Sus compañeros se enteran de su muerte. Nadie se conmueve. Lo único que les preocupa es quién ocupará su puesto. Su matrimonio ha sido una farsa. No hubo amor. Nadie le echará en falta. Charlas insustanciales, tópicos y lugares comunes. En la soledad de la agonía y la muerte Iván Illich, como Don Quijote, recupera el juicio: descubre que su vida ha sido mecánica, inerte y ve la muerte como una liberación. Qué pálido resumen. Es mejor leer el libro.

El perdurable esfuerzo

Me pregunto si San Agustín sabía que los bárbaros -los vándalos- estaban a las puertas de Hipona cuando murió. Esto me recuerda otra muerte en circunstancias terribles, la de Unamuno en su arresto domiciliario de Salamanca, el 31 de diciembre de 1936. La muerte le ahorró ver del todo el horror en que España se precipitó. Si no me equivoco Pablo Neruda murió pocos días después del golpe militar de Pinochet. Otro personaje que recuerdo es Henri Bergson, que falleció cuando París había caído ya bajo la invasión hitleriana. Bergson, que preparaba convertirse al catolicismo, rechazó finalmente bautizarse para seguir siendo judío.  Antonio Machado murió agotado, extenuado, en el exilio de Colliure. Son cinco ejemplos de hombres que llegaron a la meta al tiempo que su mundo se desmoronaba. Contribuye a la civilización, a lo más noble que hay en nosotros (me dice el Espíritu) aunque el incendio de la Historia reduzca tu esfuerzo a cenizas. Porque tu esfuerzo perdurará.

Una hora antes del Pesimismo

¿Acaso yo como y bebo para volver a tener hambre y sed y así comer y beber de nuevo, hasta que se abra bajo mis pies la tumba que me devore y yo mismo sirva a la tierra de abono? ¿Engendro seres semejantes a mí para que también coman, beban y mueran y para que dejen tras de sí seres semejantes a ellos que harán lo mismo que yo hice? ¿Para qué sirve este ciclo que se repite perpetuamente, este juego que recomienza una y otra vez de la misma manera, donde todo existe para perecer, y perece sólo para volver a ser como ya era; este monstruo que se devora a sí mismo sin cesar para poder volver a alumbrarse, que se alumbra para poder volver a devorarse?
 
Es como si Fichte describiera la Voluntad de Schopenhauer. Se rebela contra este sinsentido atroz. Da un puñetazo en la mesa y añade:
 
Jamás podrá ser este el destino de mi ser, de todo ser. Debe haber algo que es porque ha devenido; que ahora subsiste y que nunca más podrá devenir una vez que lo ha hecho; eso que subsiste debe engendrarse en la mudanza de lo efímero, y perdurar en medio de ello y avanzar ileso sobre las olas del tiempo.
 
Fichte continúa, apretando los labios, con la mirada puesta en un porvenir maravilloso:
 
Ninguna obra que lleve el carácter de la razón y que hubiese sido emprendida para expandir el imperio de la razón puede perderse sin más en el transcurso del tiempo. Esas víctimas que la brutalidad impredecible de la naturaleza arranca a la razón deben cuando menos fatigarla, saciarla, aplacarla. Esa fuerza que ha dañado sin medida no puede volver a darse de esa manera, no puede estar destinada a renovarse, debe consumirse en su primer arrebato de una vez para siempre.
 
Ojalá fuera cierto.

Y para terminar, un poco más adelante, dice el bueno de Fichte:

Pero no es la naturaleza, es la libertad misma la que causa en nuestra especie la mayoría de los desórdenes y los más terribles de ellos. El enemigo más cruel del hombre es el hombre.

Estamos de acuerdo.
 
 
Johann Gottlieb Fichte, El destino del Hombre
 


Olvido

Entonces, antes de la Gran Guerra (...) no era indiferente que uno viviese o muriese. Si uno era borrado de la fila de los mortales, no entraba otro en seguida en su lugar para hacer olvidar al difunto, sino que permanecía un hueco en el que aquel faltaba y tanto los testigos cercanos como lejanos de la pérdida enmudecían cada vez que miraban ese hueco. (...) Así era entonces. Todo lo que crecía necesitaba mucho tiempo para crecer, y todo lo que perecía necesitaba mucho tiempo para ser olvidado.
 
Joseph Roth, La marcha Radetzky
 

La grey de Rajoy

No fue la sociedad atenta (dicho sea con sarcasmo) la que forzó la renuncia al puesto en Washington en el Banco Mundial del exministro Soria. Fue -dice un diario- una rebelión interna en su propio partido. Todo sea por el bien de España, a la que tanto invocan estos señoritos ladrones; grey de Rajoy, el idiota máximo, el inútil ejemplar. ¡Oh sociedad atenta y libre, cada vez te retratan mejor Los Caprichos de Goya!

El último gesto

Díme tú que ya sabes: ¿qué nos pertenece si todo se nos ha dado prestado 
y duramos tan poco?