La urraca

Se había hecho amigo de una urraca que había sido amiga de Schiller. Era una urraca inmemorial. El pájaro dócil voló como un boomerang, como un halcón, partió de la mano del amigo. En el vuelo chocó con cables de alta tensión. Volvió a volar otra vez y volvió a chocar. Así varias veces. Regresaba cada vez más herida. Cayó agonizante ante el amigo. Respiraba hondamente. Murió. 
    Qué tendremos en la cabeza para soñar estas cosas.

Oda a un ruiseñor

Es un poema que me gustaría aprender de memoria. No es muy largo. Son ocho estrofas. Con entusiasmo y esfuerzo (se aprende con las dos cosas) se podría guardar en la mente. No sé ni de lejos el suficiente inglés para entenderlo correctamente, y sobre todo, para gozarlo. Para un nativo debe de resultar maravilloso. Lo triste de la poesía es que se pierde mucho al traducirla. Un verso de este poema dice: "the murmurous haunt of flies on summer eves". ¿Cómo se vierte eso al español? Consulto a dos amigos: "el murmullo de las moscas persiguiéndose en las noches de verano". El motivo del poema es bien sencillo: Keats oye a un ruiseñor entre los árboles en una noche estival. Ese himno, esa música del pájaro inmortal le lleva a un arrobamiento profundo, a un momento de éxtasis "como si hubiera bebido cicuta o apurado un potente narcótico". (Se nota que Keats estudió farmacia). El tiempo se detiene. Hay en esta oda un claro deseo de disolverse, de morir; cosa que, escrita por un sabio muchacho de unos veintitrés años, llama la atención. Mucho ha sufrido ya este joven para anhelar el descanso que proporciona la muerte. Keats tenía una enorme imaginación (fancy). Me lo imagino absorto, despistado, sumido en honda meditación. Al final del poema el ruiseñor se marcha, su canto se pierde a lo lejos. Entonces el poeta se pregunta: "¿fue una visión o un sueño despierto? Huyó esa música. ¿Estoy despierto o dormido?" Y ya le tenemos de nuevo hundido en la triste y amarga realidad. 
      Me parece uno de los poemas más hermosos que se han escrito.

Muy fino Italo Svevo

Viendo las heroicidades atómicas del régimen vesánico (loco) de Corea del Norte y su divino payaso líder, que esperemos se queden en pólvora mojada, viene al pelo recordar el final de la novela "La conciencia de Zeno" de Italo Svevo. Dice el escritor de Trieste:

Tal vez gracias a una catástrofe inaudita, producida por los instrumentos, volvamos a la salud. Cuando no basten los gases venenosos, un hombre hecho como los demás, en el secreto de una habitación de este mundo, inventará un explosivo inigualable, en comparación con el cual los explosivos existentes en la actualidad serán considerados juguetes inofensivos. Y otro hombre hecho también como todos los demás, pero un poco más enfermo que ellos, robará dicho explosivo y se situará en el centro de la tierra para colocarlo en el punto en que su efecto pueda ser máximo. Habrá una explosión enorme que nadie oirá y la tierra, tras recuperar la forma de nebulosa, errará en los cielos libre de parásitos y enfermedades. 

Que nadie se alarme: Trump nos defenderá.

Que pase el siguiente

Derecho a la felicidad. Entonces aparece un enano monstruoso, un ciervo herido salta, un árbol se incendia y la India se separa, se separa, se separa del continente asiático mientras bosteza un mendigo. 

Nihil novi sub sole

Al final la vida aburre, cansa, es rutinaria. No se suman días impunemente. Eso no lo saben los jóvenes. No conocen la verdad, ese secreto tan bien guardado por la naturaleza. ¿Qué fueron las ilusiones de juventud? La vida se renueva en cada ser que nace. Cada muerto es un desertor inocente. No fiarse de la vida, pues todo es engaño. Vivir para ver, se dice. La mujer acaba de dar a luz, todo es alegría, pero ella muere. Así millones de sucesos, de tragedias. Pasa el tiempo y caen en el olvido. El tiempo que pasa siempre y todo lo trae y se lo lleva. No hay forma de construir nada permanente. Somos efímeros, estamos de paso, somos extranjeros, no dejaremos huella (aunque ahora hagamos un ruido infernal). El mundo, en fin, empezó sin la humanidad y se terminará sin la humanidad. ¡Que alguien cierre esa puerta que hay corriente!

El gorro

Una senda que discurre por un valle glaciar. Hace 15.000 años ese valle estaba cubierto de hielo. Caminaba solo por ese lugar alpino como una caricatura de Zarathustra o del Lenz de Büchner. En fin, soy un señor que frisa la cincuentena, como don Quijote, y no es hidalgo, sino que trabaja en un banco. Muy cerca del final del camino, a unos diez minutos de avistar el lago (que no se ve hasta que no se termina la caminata) noté que me faltaba el gorro. Ya me había caído un rato antes, lo eché en falta a tiempo, di la vuelta, pude encontrarlo y recogerlo. Pero esta vez lo di por perdido y renuncié a volver para buscarlo. No podía con ese eterno retorno. Llegué por fin al lago. Aguas verdes, rocas viejas, silencio mineral. Había otros caminantes. Padres jóvenes con sus niños, muchachos, parejas maduras. En esas soledades agrada ver compañía humana. Será por eso que todos los caminantes se saludan. Emprendo el regreso. A la bajada veo, al lado del sendero, algo blanco sostenido por el tallo fuerte de una hierba. Oscila al aire. Según me acerco los perfiles se afinan: es mi gorro perdido.

Eclipse de sol

Un escritor austríaco, Adalbert Stifter, muy poco conocido en España, pero un gran escritor, tiene una magnífica descripción del eclipse de sol que pudo observar en Viena el 8 de julio de 1842. Entre otras cosas dice que nunca, nunca, en toda su vida sintió una emoción tan honda como en ese momento. Creo que en nuestra vida pocos vamos a tener ocasión de contemplar un fenómeno tan inmenso, un acontecimiento cósmico, que aunque tiene una explicación sencilla -la luna se interpone entre el sol y la tierra y arroja su sombra- no deja de producir una enorme conmoción. Esa oscuridad nos hace lúcidos. Ante este fenómeno desaparecen -ay, por un momento nada más- nuestras minúsculas diferencias. Por un momento los hombres olvidan su tontería y arrogancia (una decente madre de familia es igual que una prostituta; un extremeño es igual que un catalán; un jefe de estado es igual que un parado) y se ven como lo que realmente son: pequeños, hormiguitas, nulos, ante la inmensidad. Y casi siempre en horario de oficina.

A Silvia

No todos los Cantos de Leopardi me gustan. Hay cuatro o cinco que espero me acompañen hasta el final de mi vida. Uno de esos poemas es "A Silvia" que Leopardi dedica a una muchacha vecina suya, muerta de tuberculosis en la flor de la edad. El poema es inolvidable. Hay en Leopardi una belleza y una verdad, una emoción trágica que muy pocos poetas, para mí, alcanzaron. El final de este poema dice:

All' apparir del vero
tu, misera, cadesti: e con la mano
la fredda morte ed una tomba ignuda
mostravi di lontano. 

La muchacha que cantaba, reía, estaba llena de las ilusiones de la edad juvenil, trabajando contenta, "da chiuso morbo combattuta e vinta" muere. Al asomar la verdad (la verdad de nuestra condición mortal) ella, Silvia, haciendo un gesto con la mano, muda, señala una tumba vacía, desde lejos. Desde lejos.

La lógica de la aniquilación

Büchner es el autor de "La muerte de Danton", una tragedia sobre la Revolución Francesa que explica muy bien las atrocidades que ocurrieron en el siglo XX. Büchner, que sólo vivió 23 años, era un genio. Una cosa deja clara su breve obra: la injusticia atroz de la pobreza -que reduce a los hombres a la bestialidad- y la insignificancia de nuestras vidas. Aquí habla (o mejor dicho, truena) Saint Just, guillotinador y guillotinado, ante la asamblea:

Parece que en esta asamblea hay algunos oídos sensibles que no pueden soportar la palabra "sangre". Algunas consideraciones generales podrían convencerles de que no somos más crueles que la naturaleza y el tiempo. La naturaleza sigue tranquila e irresistible sus leyes y los hombres son aniquilados cuando entran en conflicto con ella. Un cambio en los componentes del aire, un recrudecimiento del fuego telúrico, la conmoción del equilibrio de una masa de agua, una epidemia, una erupción volcánica, una inundación entierran a miles. ¿Cuál es el resultado? Una insignificante, apenas perceptible alteración de la naturaleza física, que pasaría sin dejar rastro sino fuera por los cadáveres que deja en su camino. Y yo pregunto: ¿no podría una Idea aniquilar tan bien como una ley física todo lo que se le opone? ¿No podría un acontecimiento que conmociona la total forma de la naturaleza moral, esto es la Humanidad, realizarse por medio de la sangre? El espíritu del mundo se sirve en la esfera espiritual de nuestros parias, como se sirve de los volcanes y las inundaciones. ¿Qué importa que mueran de una epidemia o de una revolución? 

Este lugar inhóspito

La vieja entra riendo, de buen humor: "tengo que quitar de la cuenta a mi hijo, que murió". 
El pueblo está entre dos valles, encajonado. Dos industrias contaminan el aire. Benceno. Es pintoresco desde el coche, siempre que se pase de largo.
El sótano es inmenso, está vacío y huele a humedad.
Las barriadas geométricas, abandonadas y ruinosas. Cada calle tiene el nombre de un general o un coronel.
Entra el hijo de la vieja: un hombre joven, deforme, enano, casi sordo y sin dientes. Tiene la voz muy aguda. No pesará más de 40 kilos. 
Entra un ciego acompañado de otra persona. Está ahogado. Tiene que esperar un rato para poder hablar. Le cuelga una papada inmensa. Es muy grueso. 
Hay una tienda que parece vender prensa y material escolar. Se ha quedado en los años cuarenta. La atiende una chica. 
El puente de hierro cruza el río y las vías.
Desolación, tristeza, fracaso, muerte prematura. Hay dos garzas en el río. 
Entra un gitano, un hombre muy educado. Su hijo está en la cárcel. 
Casas en ruinas, cubiertas por la vegetación.
Este lugar inhóspito.

El contraste

El viernes, 15 de febrero de 1823, fui a visitar el sepulcro de Tasso; y lloré. Este es el primer y único placer que he tenido en Roma. El camino hasta allí es largo y no se va a ese lugar sino para ver este sepulcro; pero, ¿no se podría también venir desde América para gustar el placer de las lágrimas por dos minutos? (...) Muchos se indignan viendo las cenizas de Tasso, cubiertas e indicadas por una piedra de un palmo y medio de largo y ancho y puestas en un rincón de una iglesia cualquiera (chiesuccia). No querría de ninguna manera encontrar estas cenizas bajo un mausoleo. Comprendes la gran cantidad de afectos que surgen al considerar el contraste entre la grandeza de Tasso y la humildad de su sepultura. 

Carta de Leopardi a su hermano Carlo; Roma, 20 febrero 1823

Soneto 129

Ni el mayor asceta ha llegado a exponer con tanta elocuencia lo inútil, triste y desoladora que -por lo visto- es la satisfacción sexual. Post coitum animal triste. Es el soneto 129 de Shakespeare.

Despilfarro de espíritu en un mar de vergüenza
es la lujuria. Hasta que se satisface
la lujuria es perjura, criminal, sangrienta, llena de culpa,
salvaje, extremada, ruda, cruel, no es de fiar.

Tan pronto disfrutada, despreciada después;
buscada sin razón, apenas conseguida
odiada sin razón, como un cebo engullido
hecho a propósito para volver loco al que pica.

Loca al buscarla y loca al poseerla;
al tenerla, al buscarla, extrema siempre,
delicia en el momento, gozada una desgracia;
primero una alegría, despúes no más que un sueño.

Bien sabe el mundo esto, pero nadie
sabe eludir tal cielo que lleva a tal infierno.

En qué mundo vivimos

Si las noticias son la voz de la sociedad, un reflejo de lo que más le interesa y preocupa, un espejo donde se mira, admito que en muchas cosas -demasiadas- no la entiendo en absoluto. No sé en qué mundo vivo. 
      El titular de una noticia vista hoy en El País digital dice: "HBO sufre un "hackeo" que afecta a material inédito de algunas de sus series". 
        No entiendo la noticia. No entiendo que eso tenga que ser noticia. De sobra sé que no soy el único que no entiende semejante titular. ¡Somos millones los que no entendemos en qué mundo vivimos!

Los niños

Los niños son el reflejo de la vanidad de la vida o, mejor dicho, de la vanidad de nuestros conocimientos, pasiones políticas e importancias y absolutos varios. Para ellos aún no hay historia, ni cultura: son pura naturaleza. Víctor Hugo decía que los niños aún huelen a la eternidad de la que acaban de salir. Novalis, que donde hay un niño existe una edad de oro.
     Heráclito dice: "el tiempo es un niño que juega a los dados. Un niño gobierna el mundo" Es difícil hablar de los niños sin parecer un payaso ni caer en la cursilería, que es un vicio tan feo como la crueldad.

Perspicaz multitud

A media tarde caminan por una calle céntrica y concurrida un hombre desgarbado, corpulento, y su anciana madre a la que lleva cogida del brazo. El hombre me saluda; le devuelvo el saludo sin saber quién es. Sigo caminando, me doy la vuelta y le pregunto: "perdón, ¿nos conocemos de algo?" El hombre se para y me dice que estudiamos juntos en el colegio, me dice su nombre (no lo recuerdo). "Somos de la misma quinta". Nos damos la mano. Está bastante bebido, pero lo disimula bien. Pasa inadvertido. Sólo al hablar se delata. Miro a su madre para observar algún gesto que explique esta circunstancia. Nada. No hay expresión ninguna.

Cabra, pantera y vaca

El dolor humano se refleja en los animales. Los animales también sufren, a su manera animal, desde luego. Relaciono tres poemas dedicados a tres animales en los que se manifiesta el dolor universal: Umberto Saba (la cabra), Rilke (la pantera) y Joan Maragall (la vaca ciega). Son tres poemas extraordinarios. El poema de Rilke habla de una pantera enjaulada, el de Saba de una cabra atada, mojada por la lluvia, el de Maragall de una vaca ciega que va a beber sola. Son tres poemas de enorme tristeza y honda emoción. 
    ¿Cómo no identificarse con esos tres tristes animales? Esa es la magia de la verdadera poesía.

El soneto de Camoens

Alma minha gentil que te partiste
tao cedo desta vida, descontente,
repousa lá no Céu, eternamente,
e viva eu cá na terra sempre triste.
     Se lá no assento etéreo, onde subiste,
memoria desta vida se consente,
nao te esqueças daquele amor ardente
que já nos olhos meus tao puro viste.
     E se vires que pode merecer-te
alguna cousa a dor que me ficou
da magoa, sem remédio, de perder-te,
     roga a Deus, que teus anos encurtou,
que tao cedo de cá me leve a ver-te
quao cedo de meus olhos te levou.

Oficina de empleo

Nada exaltaría tanto como incendiar una ciudad. Nada es más domesticador que esperar nuestro turno en la oficina de empleo.
Mundo administrado. La funcionaria que le atiende. ¿Le pregunta por su fruta preferida? Ella lleva sandalias, quizá. Uñas pintadas de rojo.  

Mira el monitor donde aparecen los turnos. Lleva un papel en las manos: es un poema de Quevedo. Suena la señal sonora. Les van llamando. 

Deja pasar las horas sin sentirlas,
que no quiero medirlas,
ni que me notifiques de esa suerte
los términos forzosos de la muerte.

Son las 10:27. Comprende que las drogas sean tan antiguas como la humanidad. Nota una violencia latente (no la nota en la conciencia, sino en los intestinos). Se acerca su hora.

No me hagas más guerra;
déjame, y nombre de piadoso cobra,
que harto tiempo me sobra
para dormir debajo de la tierra. 

Le han atendido rápido y bien. Se va muy contento, muy satisfecho de sí mismo. Las 10:41. En la calle deslumbran los reflejos metálicos del sol.

Kurt Heinke

Poema de Kurt Heinke (1971)

Vacía se quedó la naturaleza
Vacía la humanidad y el sinsentido
Pilas de libros mudos
que amontona
en una casa extraña carcelaria
por la que camina
arrastrando los pies