Frontispicios (II)

En la entrada anterior pueden verse los frontispicios de unas obras científicas. Esos libros no fueron best-sellers, desde luego. Creo que puede afirmarse como regla general que los libros más influyentes y poderosos pasaron inadvertidos en el momento de su publicación. Excepto uno todos estaban escritos en latín, lo que ya reducía muchísimo el público lector en un tiempo en que la mayoría de la población era analfabeta. Estos libros tienen una carga tremenda de pensamiento, son bombas de relojería. Dos de ellos son obras cumbres, la plena realización de una nueva visión del mundo: aquí están Copérnico y Galileo. Los otros tres son atisbos de lo que está por venir, son obras de precursores que no llegaron a la meta, pero tuvieron una intución genial. Como a Moisés, les fue dado ver la Tierra Prometida pero no pisarla. Wallis y Cavalieri rozaron con los dedos de la mente el cálculo infinitesimal, que más tarde desarrollaron Newton y Leibniz. Saccheri fue un precursor de las geometrías no euclídeas que casi dos siglos después descubrieron Gauss, Lobatchevsky, Bolyai y Riemann. Como todos sabemos, sin la geometría de Riemann no se explica la Teoría General de la Relatividad de Einstein. Para la ciencia, como para la vida en general, vale lo que se dice en el Evangelio: "muchos son los llamados y pocos los elegidos" En la ciencia hay muchos grandes hombres injustamente postergados. Para alcanzar la gloria se necesita suerte, nacer en el momento justo. No basta sólo con la obsesión y un enorme talento.

Frontispicios






Retrato de Trump

Mi grandioso ego absolutista os salvará, americanos. Haré grande otra vez este país que me encontré sumido en el caos. La gran esperanza negra era un camelo. ¡El caos! Yo lo arreglaré. Amo mi país, amo Israel, amo Alemania, amo mi dinero. Queda muy bien decir que uno ama a algo. Soy un ídolo para cierta clase de ciudadanos con tendencia a la servidumbre. humillados y ofendidos, alimentados con carroña de hamburguesas, imbecilizados con mis reality shows. Nombraré a competentes ministros, secretarios, familiares; gente de mi confianza, de mi íntimo círculo, personas que jamás tuvieron necesidades materiales, que siempre nadaron en la abundancia y conocen el lujo  desde que los parió su madre. Pasan en helicóptero y aviones privados sobre vuestras chabolas y barrios llenos de mugre y violencia. Mis esbirros llevan a sus hijos a escuelas privadas, exclusivas, para que les enseñen desde pequeños el arte de dominaros. Ellos no saben, tampoco yo, que la pobreza es tan infame que acaba haciendo vil al que la padece. Los pobres no tienen moral. Hay muchos alcohólicos que merecerían tener mi flequillo. Os debo mi triunfo, parias. Las víctimas culpan sin saber a quién, al sistema, a sí mismos, en lugar de acusar a la verdadera causa que es la injusticia o la mala suerte y lamen la bota del que los aplasta. ¿He dicho "injusticia"? Me gusta esa palabra: la compro. Amo mi país, mis empresas y las mujeres, que son cosas. Las mujeres son cosas. Los musulmanes son terroristas. Los hispanos son basura, un tipo humano inferior. Nosotros somos anglosajones y por tanto trabajadores y eficientes, ya que tenemos la piel blanca, rasgo típico de la raza dominadora, y hablamos inglés. ¿He dicho "raza"? No lo retiro. Me gusta esa palabra: la compro. Soy blanco, sajón, multimillonario. No soy un peligroso delincuente de suburbio, un miserable que se pudre en las cárceles de este gran país. La tortura funciona, la apruebo, porque nunca la paderecé. Me gustan los muros que separan a las madres de sus hijos. Los muros funcionan, que se lo pregunten a Israel. Y lo digo bien alto. Hay que tener mano dura. Soy un gallo. Puedo ofender. Ofendo sin vergüenza (no conozco ese sentimiento) porque tengo poder. Me apoya el pueblo. Siempre quise al pueblo como demuestra mi trayectoria. Desde lejos, es cierto, desde mi torre en Manhattan, porque huele mal.  Haré grande otra vez este país que está sumido en el caos. No me interesa la historia. Detesto la cultura. El refinamiento y la delicadeza me asquean. Nunca he mirado un cuadro, ni he leído un libro, ni escuché música. No sé quién es Wagner, ni me importa (en esto me distingo de Hitler). Eso les gusta a los perdedores, soñadores y tarados. No me interesa nadie más que yo. Le cuelgo el teléfono a un primer ministro extranjero, ¿qué pasa? La diplomacia no es cosa mía. Mando callar a quien me da la gana. Yo no discuto, ordeno. No respondo a preguntas de ciertos medios porque difunden mentiras. Mentira es todo aquello que me acusa de algo. La inteligencia es mi enemigo. Dominaré la opinión pública. Ya la conozco, sé cómo se maneja. Antes me divertía en mi sádico programa de TV humillando a los torpes, a los inadaptados.. Me importa un rábano cómo lo hacían mis predecesores en este cargo. Yo soy distinto. No me preocupa la educación de la gente, así que hago lo posible para mantenerla en la ignorancia. Educación, ¿cómo podría educar yo a nadie si soy un ignorante total? La educación es cosa de gente débil, de fracasados. Soy grosero y  lo llevo a gala. Millones de terrícolas ven en mi triunfo la prueba de que la grosería, la estupidez, el sadismo, la absoluta falta de decencia, no sólo no te apartan de la sociedad sino que sirven para alcanzar el más alto cargo político. Y teniendo ese espejo -es decir, yo- ¿cómo no van a imitar mi comportamiento? ¿Cómo no van a idolatrarme?
       Tengo millones de vasallos a mi servicio. No tengo amigos, tengo siervos. Me gusta Putin, es mi amigo. Putin gobierna su populacho, yo el mío. Este planeta es nuestro. Haremos con él lo que nos dé la gana. Gobernamos a monos. Somos déspotas analfabetos. No me gustan las personas libres, quiero esclavos. Nunca he mirado al cielo. 

Tipos difíciles

Rousseau y Wittgenstein fueron melancólicos, taciturnos, maniáticos, solitarios, irritables y un poco lunáticos. Como pensadores de épocas distintas su filosofía es distinta, o mejor dicho, se ocuparon de asuntos diferentes. Uno afirmaba que el hombre es bueno por naturaleza y que la sociedad lo corrompe, el otro escribió que de lo que no se puede hablar hay que callarse. Esto (ya lo sé) es una simplificación. Hoy se me ocurrió compararlos pues me parece que tienen muchas cosas en común. Me refiero a su carácter. Ambos eran personas de trato difícil, una inquietud permanente les corroía, eran poco risueños. Los dos eran brutalmente sinceros, caprichosos, ambos sentían una necesidad imperiosa de confesar sus miserias, una morbosa satisfacción en autohumillarse. De sí mismos tenían una opinión más que modesta, por no decir penosa. Rousseau y Wittgenstein eran hipersensibles, el menor roce con algún semejante bastaba para enfadarlos durante semanas, eran como las mimosas sensitivas que se pliegan al más leve contacto. Los dos padecieron de manía persecutoria. Naturalmente para ser una persona de genio no es necesario ser depresivo, ni introvertido, ni imaginar que el mundo conspira contra uno. Einstein era muy sociable. En un acto social gustaba de ser el centro de todas las miradas, lo que no era difícil en su caso, pocos hombres gozaron de tanta admiración en vida. Rousseau y Wittgenstein en un acto social se habrían apartado, habrían salido de la fiesta para esconderse en un rincón, murmurando, aburridos de los demás y de sí mismos. Rousseau y Wittgenstein eran dos hombres débiles con una rara fortaleza. Creo que Luis Cernuda también fue un hombre de esta clase. Había que andarse con mucho tacto si no se quería ofenderlos. Rousseau riñó con el genial David Hume, que era una persona alegre y encima lo protegía. Wittgenstein riñó con Russell, otro genio, que también gozaba de un temperamento jovial y que también ayudó mucho a su colega. Cernuda riñó con casi todo el mundo. Si no se soportaban a sí mismos, mal podían soportar a los demás. Su intransigencia era tremenda.
        En griego a la felicidad la llamaban "eudaimonía" es decir, buen demonio. Estupenda intución. Tener un buen demonio (todos tenemos el nuestro) significa ser feliz. De Rousseau y Wittgenstein podría decirse que tenían "disdaimonía", un mal demonio que los hacía infelices. Y por citar a otro melancólico, Heráclito, que por lo poco que se sabe de él también tenía un genio de perros: "el carácter del hombre es su demonio".

Destas prisiones cargado

La torre de Segismundo no es un observatorio astronómico.
Es una cárcel, como el universo.
Está en un lugar muy apartado. Lejos de la sociedad.
Segismundo no sabe que está en la Tierra. No sabe que está en un país. No sabe si está vivo o muerto o ninguna de las dos cosas.
Se oyen lamentos, gemidos, carcajadas.
Segismundo está durmiendo. Tiene sueños. El día se convierte en noche, los sueños en pesadillas. La vigilia es una pesadilla.
Hay una TV en la celda que emite partidos de fútbol. Uno tras otro. No entiende el juego. Está tan confundido que no se da cuenta de su confusión.
Segismundo nunca ha visto a una mujer. Nunca se ha enamorado. No se pregunta si vale la pena enamorarse. No conoce esa forma de locura.
Segismundo no conoce el dinero.
Segismundo no ha trabajado en su vida. Es totalmente inútil, pero no lo sabe.
Segismundo no conoce el calendario ni las horas del día. Nota que las sombras se mueven, que la oscuridad y la luz son cosas que se alternan.
La electricidad no existe para Segismundo.
De vivir en sociedad Segismundo sería un hombre normal y corriente con un sufrimiento normal y corriente. Es decir, algunas veces casi insoportable.
No tiene envidia, ni celos, ni se enfada. Si llueve se arrima a la ventana para que le refresquen algunas gotas. Segismundo no teme a nada en particular. No sabe que es mortal. Tampoco sabe que ha nacido.
Segismundo ignora que tiene padres.
No tiene idea de Dios ni ha visto el mar ni un centro comercial.
Segismundo no ha engendrado a ningún hijo.
Oye ruido de pasos. Entra gente. Son Napoleón y Goethe. Caras nuevas. Segismundo cree que son otros carceleros. Los mira como si fueran una pared gris. Goethe cierra la puerta. Napoleón y Goethe no reparan en él. Le ignoran por completo. Conversan en francés debajo de la ventana.
Segismundo frunce el ceño. ¿Ni siquiera lo van a torturar? No entiende lo que dicen.
Napoleón y Goethe se interrumpen. Se dan la espalda, se ponen en cuclillas y defecan en el suelo de la celda.
Vuelven a la conversación. Napoleón y Goethe están un largo rato conversando muy animadamente. Se hacen una mutua reverencia y se marchan como vinieron. Cierran con llave. No han mirado a Segismundo ni una sola vez.
Entra un murciélago.
Afuera se oyen excavadoras. Deben de estar cavando una fosa común.


De la visión apocalíptica del mundo

Como todo el mundo sabe los que anuncian el fin del mundo son unos optimistas. Lo malo del mundo es que no se acaba. De producirse no sería toscamente, como la colisión de un asteroide que redujera este planeta a cenizas. Hemos perdido el pánico a la guerra atómica. Acaso vendría "con pisadas de gato" como decía un poeta polaco. No con un estallido, sino con un gemido. Una grieta que se abre en el hielo del Ártico o la conjunción de tres o cuatro gobernantes especialmente imbéciles; aunque bastaría uno, suficientemente poderoso y demente, para echarlo todo a perder. Todo se viene abajo, ¿no es cierto? Bien resistente es la máquina del mundo si no la hicieron pedazos ni Hitler ni Stalin ni los miles de asesinos anónimos que colaboraron con entusiasmo con ese par de monstruos, perpetrando toda clase de atrocidades.
          ¿Habrá sentimiento más frecuente que el temor -y el secreto deseo- de que se acabe el mundo? En el excelente libro de E.R. Dodds Paganos y cristianos en una época de angustia se mencionan una serie de pasajes de escritores antiguos que destacan la vanidad de la existencia, la comedia de la vida, su absurdo insensato: Platón, Marco Aurelio, Plotino, San Agustín, Palladas, Cipriano, Arnobio. El erudito Dodds cita a Orígenes: "Esta ancha y maravillosa creación del mundo... ha de debilitarse necesariamente antes de fenecer. De ahí que la tierra será más frecuentemente sacudida por los terremotos, mientras que la atmósfera se volverá pestilente, engendrando una malignidad contagiosa". Atmósfera pestilente. ¿Conoció el teólogo alejandrino el cambio climático? Aquellos cristianos del siglo IV, dice Dodds, afirmaban esta visión pesimista por el hecho de creer que el mundo estaba abocado a una próxima destrucción. Hay paralelismos entre aquella época y la nuestra: entre el siglo IV y estos tiempos. Una época de angustia, la llama Dodds. Nunca hemos vivido mejor, se dice. Pero eso es estadísticamente, o sadísticamente más bien. Que vamos hacia atrás es evidente, hay un regreso patente a algo parecido a la barbarie. La vida se vuelve hostil, amarga, desagradable para muchísimas familias. La esperanza de vida nunca ha sido tan larga. La medicina, la higiene pública, el cuidado de la seguridad son factores decisivos. Pero no le llamemos "esperanza de vida" si tenemos que trabajar hasta los 75 años. No se trata de alargar la vida, sino de ensancharla. La verdad es que tenemos que ser miserables y lo somos. Duremos los años que duremos.
      Lo malo no es que se termine el mundo sino que no se acaba. ¿Nunca cesará esta agonía? O siendo menos tremendos: este malestar. Sobrevivir acosado por facturas, matándose a trabajar, sin vacaciones, buscando un empleo, en condiciones precarias no es ya una excepción, como todo el mundo sabe. Cada vez son más las personas que caen en el pozo de la pobreza, los trabajadores pierden derechos adquiridos, los recursos naturales se agotan, la angustia de la falta de dinero oprime cada vez a más familias. Esta sociedad de consumo es una selva. Los jóvenes son los nuevos esclavos. Cuando la necesidad  material y cruda aprieta no hay "buenos sentimientos" ni humor, ni tiempo para gozar los bienes de la cultura. No se puede uno permitir ese lujo. Antes de disfrutar y humanizarnos con Mozart, con Cervantes o con Venecia necesitamos tener la barriga llena, un mínimo de bienestar material. Los que gozan de una situación desahogada no tienen en cuenta esto, aunque se quejen por un arañazo y les corteje la melancolía. Los pobres no tienen moral, la virtud no es posible si falta el dinero. Lo dijo muy bien Bertolt Brecht: "primero viene la comida, luego la moral". Woyzeck, en el drama de Büchner, le dice al capitán que en el cielo los pobres como él ayudarán a tronar empujando las nubes. Una situación desesperada que se repite de nuevo cuando creíamos que habíamos dejado atrás las tonterías del pasado. Pues no señor. Muchos luchan hoy a brazo partido para sobrevivir un día más entre nosotros. Todo pasa a ser secundario si falta el dinero. Vuelven los explotados, los woyzecks, los canallas, los lazarillos, los esbirros de este orden económico y social que se desintegra. La pobreza rebaja al crimen, dijo Chamfort uno de esos moralistas franceses tan agudos e inteligentes.
        En cuanto al fin del mundo baste decir que será muy modesto y está asegurado. Se produce en nuestra muerte individual. Adiós, mundo. Estalló la pompa de jabón. Nada se detiene, nadie es imprescindible y finalmente todo se olvida:  e se ne porta il tempo ogni umano accidente. (No sé para qué escribo cosas tan evidentes, pero en fin, en algo hay que pasar el tiempo, pues la verdad es que me aburro muchísimo). Eso será cuando encontremos cada uno de nosotros el "pequeño fin en el inconmensurable caos de lo vulgar" como dijo muy requetebién el dramaturgo Christian Drietrich Grabbe de uno de sus personajes.

De la imperiosa necesidad de afecto

Los viejos han aprendido la dura lección de quedarse solos. No hay más que salir a la calle para ver ese ejército de tranquilos desesperados, sentados en los bancos de los parques. Nuestra sociedad es senil. Esperan una muerte vulgar con expresión vacía. Decía Plutarco que el hombre de ayer ha muerto en el de hoy y el de hoy morirá en el de mañana. No hay por dónde cogernos; somos como el agua, inaprensibles, nos arrastra la corriente del tiempo. Nunca idénticos a nosotros mismos, siempre cambiantes y fugitivos. Somos relojes que indican el tiempo que llevamos en el tiempo. Poco puede hacerse en estas condiciones tan duras, salvo soportar con paciencia este destino. La soledad inmensa que llevamos dentro nos empuja a buscar el trato con nuestros semejantes, nos buscamos unos a otros en este universo frío e inhumano. A veces el resultado es catastrófico. Tratar con un desconocido no es poco riesgo. Somos peligrosos. El hombre es más enemigo del hombre que la misma naturaleza. Cuando no puede usar la fuerza bruta utiliza el engaño, la máscara, el veneno. Cualquier horror puede justificarse. Estamos corrompidos hasta la médula. ¡Visión sombría de Juan Calvino! La Vía Láctea se mueve, dicen, a dos millones de kilómetros por hora. Genial. ¿No sientes vértigo? Un técnico -una persona de la que ignoro todo salvo que está ahí haciendo su trabajo- no deja de hablar por el móvil. La insustancialidad de su conversación es aplastante. Es lo cotidiano revelando la estupidez esencial del mundo y también su maravilla. Tiene gafas. Cuando su madre lo amamantó (si fueron así las cosas) realizó un trabajo muy loable. Digno de Hércules. A su madre (que no era una diosa) ni se le pasó por la cabeza que esa criatura, que ahora no deja de decir sandeces, pudiera llegar muy lejos en la vida. Tan lejos como yo o como cualquiera, pero  eso no debería importarnos: llegar lejos en el mismo cenagal donde ciertos antropoides triunfan da asco. ¿Qué significa "llegar lejos"? ¡Oh ilusiones de juventud! ¡Oh vanidad y engaño de la vida! Este técnico era hace pocos años un trozo de carne que había que alimentar. Ahora se ríe (¿de qué? ¿por qué esa risa tonta?)  "Venga, hablamos. Ta luego. Chao. Chao".  Así gira y gira este loco carrusel del mundo. Unos entran, otros salen. Unos suben, otros bajan. La vida es un fracaso precioso. Ya se ha ido el técnico. Vuelve el silencio. El ruido de las máquinas. Estuve acompañado. ¿Por quién? No importa. Por alguien. Por ninguno. Somos pobres seres anónimos buscando una persona que pronuncie nuestro nombre: con ternura, con odio o con fingida confianza.
            Ya tenemos ganada la terrible indiferencia de la inmensa mayoría de nuestros semejantes.


Descripción de una lucha


Texto escrito para la presentación del libro "El cuaderno griego" de Ana Vega, librería Santa Teresa, Oviedo, 26 enero 2017

Leí este libro hace unos quince años, cuando Ana Vega me lo envió por correo electrónico. Me impresionó "Dinámica del frío" una narración que forma parte del conjunto. Un NO MUERTO, personaje insólito, es el objeto de las notas, apuntes, pensamientos escritos por un autor obsesionado, al borde de la locura, que yo no conseguí relacionar con nadie que pudiera conocer. Ana Vega tendría entonces unos 23 años. Ahora, al releerlo después de tanto tiempo, noto que no ha perdido nada de su potencia. Me pareció y me sigue pareciendo un texto memorable.

      "Dinámica del frío" es una tensión límite de las posibilidades del lenguaje para expresar el sufrimiento y la lucha.

          Leyéndolo pienso en las Pinturas Negras de Goya y en los cuadros de Francis Bacon, especialmente el tríptico titulado "Tres estudios para figuras en la base de una crucifixión".  Bacon dijo en una entrevista: "recuerdo que estaba mirando una cagada de perro sobre la acera y de pronto lo comprendí; ahí está, me dije: así es la vida. Curiosamente, [esa idea] me atormentó durante meses, hasta que llegué, como si dijésemos, a aceptar que uno está aquí, existiendo durante un segundo, y que le aplastan luego como a una mosca contra la pared" La misma lucidez tiene Ana Vega. Como ella misma dice: la lucidez ciega. La lucidez quema.
         Me llamó la atención el nombre: NO MUERTO. Según leía iba comprendiendo el acierto de esa idea. Es el personaje sobre el que se escribe esta historia clínica. El NO MUERTO se encuentra en un estado insólito, qué causa -si la hay- lo ha llevado a tal miseria (y tal lucidez) lo ignoramos y no importa: combate con el sufrimiento, unas veces cede, otras se impone, en una dialéctica angustiosa de salvación y catástrofe. Vacila, se confunde, tantea, insiste, llora,  cae, se levanta otra vez:  Pese a todo continua. Camina. Pierde el paso. Se detiene. Se busca. Teme encontrarse. El NO MUERTO es pequeño, podríamos sentir compasión por esta criatura desvalida (que no por eso deja de arrojarnos verdades a la cara) quizá podríamos amarla. Su tenacidad es admirable. En otro lugar se dice: El NO MUERTO sabe que ha perdido la condición de ser humano. Se pregunta si es posible perder algo que duda haber tenido. Estamos ante una crisis profunda, algo esencial se ha roto: El NO MUERTO se pregunta por qué intuimos que hay humanidad donde tan sólo hay desierto. Decididamente, éste no va a ser un libro fácil.

      Con una frase que recuerda a Pascal se dice: La naturaleza miserable del hombre, sin más. Saliendo a cada paso.

     Ese NO MUERTO está a punto de ser nada, su fragilidad es tan grande como su resistencia. Sólo le mantiene en la existencia una batalla sin sentido y sin cuartel contra el "dolor" palabra que se repite una y otra vez, obsesivamente, a lo largo del libro, como un martilleo insoportable: La vida te llena de dolores, de DOLOR, así, mayúsculo, gigantesco, atroz, y eso no te permite ver más allá. En otro lugar dice: El NO MUERTO se pregunta si hay algo más puro que el dolor. Algo más claro. No hay nada en el mundo que mejor nos muestre quiénes somos realmente, lo que somos por dentro y por fuera. A alguien jovial, con salud, optimista, equilibrado y con poca experiencia esto puede resultarle exagerado: "No es para tanto. No todo es dolor. Sería insoportable. Existen la belleza, los días serenos, la risa de los niños, la dulce rutina". Sin embargo, esta exageración es precisamente la virtud del libro. Ana Vega nos coloca ante el escándalo y la obscenidad del sufrimiento. No hay discusión posible. Felices los que no han conocido "el otro lado". Si este libro cae en manos de algún inocente, que haga antes ejercicios de calentamiento. Por eso no le gustan los niños. Le dan miedo. Su sufrimiento intacto. Nocivo disgusto por la infancia: los niños repetirán los mismos fracasos, sufrirán los mismos golpes. Anticipar en lo que van a convertirse, en lo que la vida hará de ellos.

       Este libro despierta al lector de un sueño de fortuna, confianza y satisfacción.

         Ana Vega conoce nuestra fragilidad (téngase en cuenta la precocidad de su autora). Su rebeldía es enorme. Su protesta furiosa. La discordia es inacabable y la violencia permanente, por latente que sea. No, la vida no tiene sentido. No por eso se abandona la lucha, al contrario: el sentido es asumir esa falta de sentido y seguir adelante. Sin esperar recompensa. No la hay. Hasta caer rendidos.

        El NO MUERTO nos escupe a la cara: El no muerto se sorprende, descubre la fragilidad del ser humano. La incapacidad de los hombres ante el dolor, el instinto del hombre sano y salvo que se defiende del rostro enfermo, de lo que teme. Esa huida. La cobardía. Se pregunta si ha conocido a algún hombre valiente. Seguramente la respuesta es "no". Ante el dolor hacemos la vista gorda: es un mecanismo de autodefensa. El NO MUERTO teme la ignorancia, la estupidez real, es decir, la incapacidad de empatía. Hay un límite tácito que no se debe superar. Ana Vega lo rebasa continuamente. Este libro es heterodoxo, desmedido, blasfemo. "El cuaderno griego" estaría prohibido por Stalin, por los nazis y por el Vaticano. Derrotista, contrarrevolucionario, arte degenerado, enfermiza desazón, negro escepticismo, ideas disolventes. Aquí no se defiende ni ataca ninguna causa, no se toma ningún partido. No hay grandes proyectos históricos ni sociales. Un individuo sufre, eso es todo. El dolor nos demuestra que estamos vivos, nos despierta, nos zarandea, nos coloca frente al espejo para obligarnos a ver lo que realmente somos. Pero no hay dignidad alguna en el dolor.

        Mientras leía el libro recordaba el cuadro de Munch "El Grito"     
       Algunas citas permiten situarlo: hay alusiones a Hesse; citas de Duras, de Camus, de Baudelaire, de Blanchot, de Louis Malle, de García Martín. El NO MUERTO no se explica sin el Roquentin de Sartre, ni el Meursault de Camus, ni el Bernardo Soares de Pessoa, ni Gregor Samsa. Está desnudo, en carne viva: no tiene nombre, apenas tiene peso ontológico. Es evidente que es la máscara de su autora, un alter ego. El NO MUERTO es sus vómitos, sus heridas, su tedio, sus trastornos, su capacidad de análisis y reacción ante un exceso intolerable. No es un personaje al uso, es algo vagamente humano, arrojado a un pozo de lágrimas, de soledad y confusión; él mismo es su propio pozo. Su voluntad flaquea pero es de hierro: saldrá del agujero que él mismo excava. Todo en este libro es combate, lucha. El relato es claustrofóbico. El olor de un cuarto donde alguien sufre es siempre un olor indescriptible. Como el olor de la santidad. El bien y el mal se acercan demasiado. Se puede ver más allá. El no muerto sabe que lo que te hace más fuerte te debilita también, te mutila en cierto modo, alguna parte. ¡Qué alturas y qué caídas! Da la impresión de estar leyendo a una mística relatando sus tormentos y éxtasis.

        Inútil situar al NO MUERTO en un lugar, en un espacio. El mundo exterior desaparece. El texto comienza abruptamente, metiéndonos de cabeza en el pozo, sin contemplaciones: El DOLOR. La soledad y el frío. Cómo enfrentarse a eso. Cómo hablar de ello. Nunca hay palabras suficientes para describir ciertas miradas. Una especie de sombra entre los vivos, un no muerto. Eso eres ahora.

        ¿De qué trata la literatura si no de las penas, agonías y esperanzas de los hombres? Lo demás, casi todo, son pasatiempos fútiles, sin valor, verborrea barata. Este NO MUERTO es universal. Conmoverá en Japón lo mismo que en Los Ángeles.  
        El NO MUERTO de Ana Vega me recuerda a aquellos "musulmanes" de los campos de concentración: prisioneros que se hundían, extenuados, vaciados por el hambre y la humillación, abandonados a una muerte  inminente. Una muerte que no mataba a "nadie" porque lo que había de humano ya había sido eliminado por un mecanismo implacable. ¿Acaso no se parece la vida demasiadas veces a un campo de concentración? Nuestra vida cotidiana. No hace falta acabar en Treblinka. El NO MUERTO de Ana Vega no está tan hundido, saldrá adelante (en algún momento dice Ana Vega que una mujer saldrá adelante siempre. Peleará. Luchará hasta caer rendida). Quizá ser humano signifique haber sido despojado de la humanidad posible o no alcanzarla nunca; por tanto la humanidad sólo podría definirse de forma negativa. Eugenio Montale dice en "Huesos de sepia": No nos pidas las fórmula que otros mundos pueda abrirte, sí alguna sílaba torcida y seca como una rama. Eso sólo podemos hoy decirte, lo que no somos, lo que no queremos.
       Me imagino a una adolescente de Tokio leyendo este libro en el metro. Devorándolo. 

      En la portada de esta reedición se ve la foto de una escalera gris, desierta. Podría ser la montaña de Sísifo (a Ana Vega le atraen las montañas, el peligro del alpinismo, los espacios salvajes, un tipo de salvajismo distinto al de las poblaciones humanas, menos engañador). El NO MUERTO  de Ana Vega no carga con un roca (no está castigado por los dioses, aquí no hay nada divino); carga consigo mismo, lo que hace más sutil el tormento. El NO MUERTO es su propia piedra. Es alguien. Está condenado a ser alguien. Hay una agonía, una lucha entre el NO MUERTO y su dolor. Todo en este libro es una lucha a muerte. Escarba en su dolor, le obsesiona, le da vueltas, lo examina, lo desmenuza. En estas páginas hay reflexiones muy agudas sobre la soledad, el amor, la sociedad, el dolor. Hay algo realmente escandaloso en la soledad. No tienes nada, pero te sobra todo, espacio, tiempo. Te acercas a Dios. A esa perspectiva atroz. (...) El NO MUERTO sabe que estar absolutamente solo es algo animal, primitivo. El libro está lleno de reflexiones así de brillantes. En cuanto al amor, que podría remediar esa soledad: el NO MUERTO  se siente solo. Asume su soledad definitiva, incurable. Se pregunta ahora por la extraña naturaleza del amor. Se pregunta si lo ha conocido. Se siente desorientado entonces. Busca el rostro de un semejante donde poder reconocerse. Quizá el amor nos salve. El poder de una caricia. Pero su lucidez no le permite hacerse ilusiones: podría tratarse de un engaño más. De una mentira más.

      El NO MUERTO escala como un montañero por la pared de un barranco. Existe un camino en ese tormento: ve, ahora, con claridad que nada tiene sentido y que nunca habrá motivos para seguir luchando, y ése es uno de los pilares básicos, ahora lo sabe, así lo siente. Es el motivo principal por el cual permanece en el ring, saberte vencido de antemano. Así que no hay victoria. El fracaso es inevitable. La lección amarga. Este libro es sabio: no hay engaños, no hay falsas esperanzas. ¿Si te esfuerzas llegarás? Mentira. Es difícil hacerse una idea de las angustias y vértigos que ha conocido la autora. Descubre en el dolor a fuerza de golpes que somos ceniza, algo fortuito, juguetes de la fortuna. Me recuerda, como decía, a una mística dictando sus tormentos y sus éxtasis.

        Ana Vega hunde el bisturí hasta lo más hondo de la carne. Lo hace sin contemplaciones. Gran mérito del libro: su brutal franqueza. El NO MUERTO es también producto de la tensión con sus semejantes. Las convenciones sociales que ataca con furia. La mentira inunda el mundo. Lo inunda todo. Crueldad y estupidez. Tener y no tener. La perspectiva cierta de la muerte. La idea del suicidio. La conciencia de la imposibilidad de recibir ayuda. Ana Vega ha observado la naturaleza humana y sus límites. Ha tenido el coraje de mirarse a sí misma. El sufrimiento emocional es enorme. ¿A qué agarrarse ante panorama tan desolador? Hay un consuelo: la escritura. Un grito, sí; pero articulado, convertido en lenguaje. Una forma de resistir. El poder catártico de la palabra. A esa tarea se aferra Ana Vega: Escribir como enfermedad. Como algo que te ocurre sin saber por qué. Como algo inevitable. Vencer el simple desahogo, lo más difícil, el gran monstruo. El respeto a las palabras, a lo que comienza a nacer. Ser consciente de todo lo que eso implica. Escribir como salvación. Porque nos salva. El no muerto lo sabe, así lo ha sentido. 

         Al final el NO MUERTO divisa un poco de luz, salimos del ambiente claustrofóbico: el NO MUERTO sabe que ha llegado al final del camino. Sabe quién es, de dónde viene y a dónde se dirige. Ahora se reconoce en el espejo y ante sí mismo. Este testimonio alucinado y lúcido de las honduras de nuestra inanidad termina diciendo: Se siente libre, él decide si seguirá caminando o se quedará aquí mismo. Ya no siente peso alguno sobre su espalda. Libre, en todos los sentidos. Aquí termina su camino. Suena a victoria. A pesar de todo o precisamente por eso. Sabiduría alcanzada a golpes, dice. Templado como el acero el NO MUERTO se sobrevive a sí mismo. Se seca las lágrimas.
       Esta experiencia abisal, de alcance universal, se comunica en un estilo cortante, seco, sobrio. Las frases son hachazos. De la primera lectura que hice aún recuerdo esta frase formidable, resumen perfecto de la humanidad o de la in-humanidad o de la post-humanidad: Nacemos solos y morimos solos, ya está, eso es todo. Nada antes de nacer, nada después, apenas nada tampoco mientras tanto. Nada entonces.

           Hace más de cien años un joven escribió a un amigo: en general, creo que sólo debemos leer libros que nos muerdan y nos arañen. Si el libro que estamos leyendo no nos despierta como un puñetazo en el cráneo, ¿para qué molestarnos en leerlo? (...) Lo que necesitamos son libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, libros que nos hagan sentirnos desterrados a las junglas más remotas, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio. Un libro debe ser el hacha que quiebre el mar helado dentro de nosotros. 
         El joven se llamaba Franz Kafka. "El cuaderno griego" es uno de esos libros.

Dispersión

La comunidad ha desaparecido: familia, barrio, gremio, empresa, clase social, patria. Es un fenómeno de la modernidad. Ese estado de cosas ha sido barrido por otra forma de organización social que reduce a sus miembros a egos solitarios, cada uno de ellos enfrentado con la sociedad. Cada ego debe crearse un perfil y construir su propia comunidad. Siempre sospechoso (potencial terrorista, presunto maltratador, racista enmascarado) la presión moral que se ejerce sobre ese ego es terrible. Cualquier indicio, por insignificante que sea,  de comportamiento desviado es castigado implacablemente. Conservar esa comunidad artificial, mantener ese grupo, requiere un esfuerzo enorme y notables dosis de autocensura (el ego solitario tiene pánico a la exclusión social y paga el precio que haga falta para evitarla).
             Lo blanco es negro y lo negro blanco. La robotización en tareas de atención al público es una tendencia imparable. Nos guste o no cada vez nos atenderán más máquinas y menos humanos. Los humanos presentan esto como un avance. Que nos atienda un operador desde una pantalla se pretende una forma de atención "real" y "personal" cuando es justamente lo contrario. El simulacro suplanta a la persona. Estamos tan acostumbrados a que nos mientan(respiramos publicidad) que esta flagrante falsedad no llama la atención.
             Nuestra sociedad se parece a la idea que tenemos del universo: no un cosmos cerrado, sino en expansión. Una dispersión de cuerpos en trayectorias diferentes, aceleradas, en un espacio vacío y hostil. El modelo cosmológico vigente, la chica absorta en su móvil, la multitud  y el pequeño comercio de la esquina  que cierra porque lo aplasta una multinacional del sector tienen mucho en común. Estos fenómenos están relacionados.
             Por dominar a  la naturaleza y ponerla a nuestro servicio tal vez tengamos que pagar el precio de la soledad, la locura y de nuestra posible aniquilación.

Mal empezamos

En una carta escrita a Christian Gottfried Körner el 2 de febrero de 1789 dice Schiller: "frecuentar a Goethe me haría infeliz: ni con sus amigos íntimos tiene un momento de abandono, no hay por dónde cogerlo. Lo considero de hecho un egoísta extraordinario. Tiene el talento de cautivar a los hombres y de hacerse amable por medio de pequeñas y grandes atenciones, pero sabe siempre cómo mantenerse libre. Hace el bien, pero como un dios, sin darse a sí mismo; en esto me parece que actúa de forma consecuente y premeditada, basándose en el cálculo del mayor goce posible de su amor propio. No debieran los hombres dejar surgir a un ser semejante. Por eso le tengo manía, aunque reconozco su talento y tengo de él la más alta opinión. Lo considero uno de esos estirados a los que hay que convertir en niños para humillarlos ante el mundo y no depende de mi buena voluntad no tener en algún momento una agarrada con él. Me inspira una extraña mezcla de odio y amor; un sentimiento que no es muy distinto del que Bruto y Casio debieron de tener frente a César. Creo que podría matar su espíritu y volverlo a querer de todo corazón."
      Pasó el tiempo y, como es sabido, se convirtieron en grandes amigos. Me alegro. Esto ocurría antes de Facebook y su elevadísimo concepto de la amistad.

Sin patria


Max Herrmann-Neisse fue un escritor alemán que tuvo mucho éxito en la década de los veinte. De su insólito aspecto físico (era enano, calvo, contrahecho) dejaron constancia los retratos que le hicieron pintores como Otto Dix o Georg Grosz. Estos pintores, tan dados a lo grotesco y la caricatura (nunca faltan motivos), tenían que suavizar la cosa cuando posaba "Macke", que así lo llamaban familiarmente. Como judío tuvo que abandonar Alemania. En el extranjero escribió poemas sobre la nostalgia de la patria perdida y el dolor de los exiliados que Heine hubiera firmado con orgullo. Murió en Londres, en 1941.

Vagamos tan perdidos y confusos
sin patria por un raro laberinto.
Los nativos charlan ante las puertas
confiados en el viento veraniego de la tarde.

El viento mece suave las cortinas
y nos enseña un cuarto donde vemos
la calma añoradísima de una paz muy segura
para ocultarlo luego con crueldad.

Los gatos sin amo en los callejones
y los parias que duermen en la hierba mojada
no están ni la mitad de abandonados
que aquellos que tuvieron la alegría

de una patria, perdida sin su culpa,
y vagan por el raro laberinto.
Los nativos sueñan ante las puertas
sin saber de nosotros, sombras suyas.

Vesna Vulovic

De altísimas caídas y sus fatales
consecuencias hablan los mitos. 
Faetón e Ícaro, ejemplos de imprudencia.
Lo que no hicieron ellos
lo logró una azafata yugoslava.

El DC-9 explota en pleno vuelo. La caída
acelerada, interminable. El suelo.
Sonríe en las fotos, en la cama de un hospital.
Es inmortal. Tiene 22 años.
La inscriben en el Guinness de los récords.

La encontraron no hace mucho
sola en su triste piso de Belgrado
entre los restos de otro DC-9
en que viajaba sola. Tenía 66 años.
No hubo supervivientes.

Canetti y los directores

Cada vez que veo a un director de orquesta realizando su mágico y solemne oficio no puedo dejar de recordar las maliciosas palabras que les dedica Elias Canetti en Masa y Poder:

No hay expresión más vívida del poder que la actividad del director de orquesta. (...) Durante la ejecución, el director es un guía para la muchedumbre de la sala. Está a su cabeza y le ha vuelto la espalda. (...) Su mirada es tan intensa como sea posible, abarca la orquesta entera. Cada integrante se siente observado por él; más aún: escuchado por él. Las voces de los instrumentos son las opiniones y convicciones a las que presta mayor atención. Él es omnisciente, pues mientras los músicos sólo tienen ante sí sus propias voces, él tiene la partitura completa en la cabeza, o sobre el pupitre. (...) Para la orquesta el director representa así, de hecho, la obra entera, en su simultaneidad y sucesión y como durante la ejecución el mundo no ha de consistir en ninguna otra cosa sino en la obra, durante ese exacto lapso es el señor del mundo.

Brutus is an honorable man

Un periódico nos regala el secreto para vivir cien años. Ya tenemos la longevidad al alcance de la mano. Un hombre de 105 años bate un récord deportivo. Ya, y Bruto es un hombre honorable. Sin duda, por supuesto, si seguimos esos consejos gratuitos, llenos de amor al prójimo, es seguro que viviremos un siglo. Ya, y Bruto es un hombre honorable. Un filósofo dijo que las pocas vidas largas y más o menos felices que existen valen como "señuelo", es decir, como trampa. Engañabobos. Come fruta, haz ejercicio, no fumes, bebe un vaso de vino al día y vivirás cien años. Ya, y Bruto es un hombre honorable.

El joven Hölderlin

Haber conocido al joven Hölderlin tuvo que ser maravilloso. Hegel y Schelling gozaron esa suerte, fueron sus compañeros de clase. Luego la vida les separó y les golpeó duramente (en esto es maestra). A Hölderlin lo convirtió en una sombra muda, envejecida, recluida en una torre. Iban a verle, no conocía a nadie. 

Rómulo Reyes, Perfiles cursis de poetas románticos, 1971

Las tres condiciones

Para que me encuentre perfectamente a gusto, dijo mirando al vacío, necesito tres cosas: soledad, un puro y los rayos del sol. 

Franz Kafka, El limpiabotas, 1912

Festivas felicidades

"¿Le duele aquí?", me pregunta. "No, doctor, no siento nada." He ido al médico para que me examine las navidades. Otros años me irritaban, este año ya no. Ni me seducen ni me suceden. Debo de estar inmunizado. 

Cataluña

Nació en Barcelona de extranjeros  oriundos de una provincia del Cantábrico. Allí pasó su infancia. Recuerda aquellas calles en los años setenta: via Laietana, plaza Urquinaona, calle Trafalgar. Recuerda su luz y sus atardeceres: sin historia, sin batallas perdidas, sin tumbas que adornar con ofrendas florales. Luego se marchó de allí y no regresó jamás. Pero le queda un profundo afecto por aquella tierra.
      En cuanto a los nacionalistas de todo pelaje: que monten en la silla turca de sus propios cráneos y sigan tan idiotas como siempre. Seguimos levantando muros en el tercer planeta del sol.

Algunos epitafios

Lo pasé relativamente bien

No me acuerdo de mí

Pasa de largo, amigo, y no me apures

Este cansancio no es normal

Me quedé sin cobertura

¡Por fin!

Decidle que la quise

Oigo tu corazón, ¿me vas a despertar?

He perdido de vista a cuatro imbéciles

Me importa todo tanto como nada

No aspiré a la santidad ni al socialismo

Perdono todo el daño que me hice 

Confieso que me aburrí bastante

Acabo la casa de mis sueños y me pasa esto

Y pensar que me indignaban las injusticias

Seguid sin mí como yo sin vosotros

Todos los que me lloraron están ya como yo

Para haber sido un don nadie no lo hice tan mal

Coleccioné decepciones

Que llueva o haga sol me da lo mismo

Mi médico me trajo aquí 

Ya no me da miedo morir

Jamás olvidaré el sabor del agua

Estoy mucho más muerto de lo que crees

Sinceramente, no era para tanto

Nadie me echa de menos, menos mal

Morí viejísimo: duré un momento

Ni el paraíso ni el infierno existen

Me salí por la tangente de la esfera del reloj

Si aún puedes leer mi nombre bórralo

¡Qué tropiezo más tonto!

Tu situación es rara, no la mía

De pronto, qué pereza dió existir 

Museo de Anatomía

En el museo de Anatomía de la facultad de Medicina de Oviedo, en la novena planta, se exponen en vitrinas, dentro de frascos de formol, embriones y fetos malogrados. Semillas que no llegaron a realizarse, muertos antes de nacer, se exponen en la embrioteca. Criaturas anónimas, formas que la naturaleza rechazó. No conocieron la luz, ni las pasiones, ni el lenguaje. Se quedaron a medio hacer en el dulce claustro materno. La naturaleza es una gran derrochadora de vidas. Acerco la cara a una de estas criaturas abortivas y le susurro: "fuiste listo, no quisiste venir al mundo, ya sabías los males que la vida te preparaba". Lessing, el ilustrado alemán, le dijo algo así al hijo que nació muerto.
         Qué fastidio nacer, ¿verdad? Crecer, socializarse, exprimirse entre congéneres, apretujarse en la multitud. Pocos amigos. Muchas facturas. Pocos recursos. Muchas tentaciones. Como dijo Luis Cernuda: "por todas partes el hombre mismo es el estorbo peor para su destino de hombre".

Kant y el cielo estrellado

Al final de su "Historia natural y teoría general del cielo", una obra precrítica, Kant dice en la Conclusión: 

En efecto, después de llenar su ánimo con éstas y las anteriores consideraciones, el aspecto del cielo estrellado en una noche serena procura una especie de deleite que sólo sienten almas nobles. En la tranquilidad general de la naturaleza y el reposo de los sentidos, la oculta capacidad cognoscitiva del espíritu inmortal habla un lenguaje inefable y ofrece conceptos sin desarrollar que bien pueden ser sentidos pero no descritos. Si entre las criaturas pensantes de este planeta hay seres viles que no obstante todos los alicientes con que un tema tan grande puede atraerlos, se aten firmemente a la servidumbre de la vanidad ¡cuán desgraciado es este globo de haber podido producir criaturas tan miserables! 

Esta tarde de diciembre brillaba la luna creciente y justo debajo Venus. Era maravilloso. La contaminación lumínica, el resplandor de las televisiones, el fútbol, el repugnante Trump, los sloganes publicitarios, la miseria económica del seguro más barato y la cháchara telefónica apenas nos permite contemplarlos. 

Pero la luna y Venus siguen estando. Y estarán.