Médicos

La historia, que tiene pocas cosas que alegren el ánimo (pues es sobre todo el relato de las locuras y crueldades humanas), tiene también sus momentos luminosos (o "estelares" que diría Zweig).  La historia de la medicina es interesante en este aspecto: la lucha de los médicos, algunos heroicos, contra las enfermedades. Homero decía que un médico vale por muchos hombres. Si en algo se nota el progreso (una idea que no hay que tomar con entusiasmo) es en el conocimiento, diagnóstico, tratamiento y prevención de muchas enfermedades. Vesalio, Galeno, Sydenham, Bichat, Laennec, Claude Bernard, Arnau de Vilanova, Harvey, Morgagni, Virchow, etc

Excéntricos

Tengo la impresión de que pocas personas se toman su vida en serio (¿merece la pena tomarse la vida en serio?). Se limitan a cumplir lo ordenado, a seguir las convenciones sociales. "¿Qué quieres que hagamos? ¿y qué haces tú, listillo?" replicarán usando el "nosotros" Tienen razón. Lo entiendo: es obligatorio seguir la corriente, de lo contrario la vida se hace imposible. No tenemos tiempo que dedicar a nuestra soledad, andamos atropellados, enajenados. Chapoteamos en un mar inmenso de botellas de plástico. Mientras, pasan los años y la muerte (que nunca falta a la cita) nos destruye. Nacemos originales, morimos copias, decía no sé quién. Lo terrible no es que lo mío tenga que ser de los demás, sino que lo de los demás tenga que ser mío, dijo Ortega y Gasset. Hemos de gritar, temblar, reír, bailar o trabajar con los demás (deporte, terrorismo, empresa, espectáculos). ¿Dónde terminan los demás y empieza la masa? Qué uniformes, qué parecidos somos (al menos en el exterior). Echar de menos personas excéntricas. 

Quejas del rey Lear

Hoy empieza el día levantando a un hombre (o lo que queda de él) del suelo, interrumpiendo su sueño sobre cartones, bajo un techo inhóspito. Lo peor no es el frío, ni la miseria, ni la soledad, ni la degradación: lo peor es la vergüenza de que te vean otros, la gente. ¡Esos ojos escrutadores, implacables y maliciosos! Nada se esconde más que la desgracia cuando es verdaderamente íntima. La prosperidad es expansiva, arrogante, se muestra, se pasea, alza la voz. La desgracia es muda, estúpida, no es social, se retira a un rincón oscuro, es vergonzosa (encima). Es una ley cruel pero es muy cierta: quien más elocuencia necesitaría para aliviar su dolor queda paralizado -si es un dolor extremo- y no articula palabra. Al contrario: en vez de gritar, de poner el grito en el cielo, sonríe, disimula y se calla. ¿Se oyen gorriones o son mis tripas? 

No borres mis círculos

Creo que le hemos pillado un poco la música. No debieron de entenderlo sus alumnos vamos a entenderlo nosotros... 

Hay que considerar el rechazo del paso del ser finito particular al ser como tal en su total generalidad abstracta como el primer requisito teórico e incluso práctico. Al realizar la "Aufheben" de esos cien euros, que suponen una diferencia en mi situación económica, entre si los tengo o no, o más aún, entre si soy o no, o si otra cosa es o no, puede recordarse -sin mencionar que tenga que darse una situación económica para la que la posesión de cien euros sea indiferente- que el hombre debe elevarse hasta esta abstracta generalidad en su pensamiento, en la que es de hecho indiferente que los cien euros puedan tener una relación cuantitativa con su situación económica, que sean o que no sean, tanto como le es indiferente si él es o no; esto es, si es o no es en la vida finita (pues se requiere un estado, un determinado ser) y así sucesivamente. Ya dijo un latino "si fractus illabatur orbis impavidunt ferient ruinae" (si se derrumbara el cielo le encontrarían tan tranquilo entre las ruinas) y Cristo no debió encontrarse menos en esta indiferencia.
 
Si nos elevamos hasta esa abstracta generalidad en la que el puro ser y la pura nada son lo mismo (porque son lo mismo, afirma Hegel), no nos importará ser o no ser en esta vida finita. Seremos tan indiferentes a nuestra propia existencia como a esos cien euros (o táleros, como se dice en el texto).
        Hegel indica en este pasaje de su Lógica que por el pensamiento más abstracto se llega a la indiferencia total. Las últimas palabras de Arquímedes al soldado que le atravesó con la espada: "no borres mis círculos" Le importaban más sus cálculos que su vida. 


Vecinos remotos

Un niño se queja de un dolor al lado de su madre, unos pasos más allá, junto al semáforo, entre el ruido del tráfico, la madre se agacha y abraza con ternura al niño. ¡Zas! Entonces pienso: somos emociones, afectos y pasiones, principalmente. No somos únicamente racionales. Somos emociones y lenguaje. (Recordé la maravillosa escena de la Ilíada en la que Héctor, vestido con la armadura, se despide de su mujer y su hijo pequeño. El niño se asusta del fiero aspecto de su padre, vuelve la cabeza y llora). Ninguna soledad mayor que la soledad de un centro comercial, ningún lugar más inhóspito que el arcén de una autopista. El hombre está hecho para lo limitado. Cualquier tentativa de superar ese vínculo a la tierra y la comunidad inmediata, física y real, que son los vecinos y familiares que podemos ver y tocar todos los días nos hace desgraciados. 
    ¿Pero qué ocurre si los vecinos son remotos, caminan absortos en su móvil y el cielo está torturado por las estelas de los aviones?

Seguros

Las muchas facilidades que nos ofrecen no dejan de ser formas de hacernos la vida imposible. Uno se compra un perro, o se lo encuentra tirado, da igual. Inmediatamente se enamora del animal y se lo lleva consigo. En nuestra competitiva, desquiciada e implacable sociedad, fábrica de solitarios, tener una mascota es un modo de sortear la depresión o cualquier otro trastorno psicológico. Los animales domésticos no nos juzgan, dependen de nosotros, nos hacen compañía. Somos un pequeño dios para ellos. Son un gran remedio, sin duda, ya que vivimos en celdas de aislamiento y la calle es un desierto. Pero como no hay cosa bella en la que este sistema no ponga su pezuña las compañías de seguros se pelean (el negocio es suculento) por vender seguros para mascotas: cuadro veterinario, atención telefónica las 24 horas, soporte vital (o como se diga). ¡Cómo no vamos a asegurarlos si son "uno más de la familia"! ¿Me traigo un gato callejero a casa para que me contagie su indolencia y salvajismo y tengo luego que asegurar al pobre animal? Resulta conmovedor.

El doble iraní

Por lo visto en Irán existe un doble del futbolista (experto en patadas) Messi. El parecido es tan asombroso que este muchacho de 25 años, llamado Reza, provoca tumultos. Los iraníes se hacen selfies con él. El muchacho y su familia, bien conscientes de la mina de oro que tienen a su alcance, hacen lo posible por reforzar el parecido: se ha dejado barba y lleva la camiseta de ese equipo de fútbol (o como se llame ese negocio). Llega a ser tal el furor que este maniquí de un maniquí altera el orden público de la república islámica y lo han detenido por eso. Los policías se harán selfies con él. En este ambiente mundial los jóvenes de hoy tiene el deber de ignorar los viejos libros: Montaigne, Dante, San Agustín, Erasmo, Tolstoi, Voltaire, Cicerón, Séneca, Aristóteles, Emerson, etc. No les servirán de nada, no les traerán más que decepción. Si llegaran a estimarlos serían bichos raros en todos los aeropuertos del mundo, se pudrirían en una esquina sin encontrar trabajo. Es por su bien. El mundo globalizado odia a las personas críticas (no, "críticas" no es la palabra, pero no se me ocurre otra mejor): exige gente que se haga selfies con el doble iraní de Messi. Vaya, qué serios nos hemos puesto.

El final de la guerra

Hace 72 años que la Alemania nazi firmó la capitulación y con eso el final de la guerra en Europa. Ayer un barrio de Hannover tuvo que ser evacuado al encontrarse tres bombas sin explotar de aquella contienda. La operación afectó a unas 50.000 personas. La ciudad ofreció alternativas de tiempo libre: entradas gratis al museo y a las piscinas. Los cines programaron sesiones especiales. Algunos fueron al zoo con sus hijos, otros a una parrillada. Fue ayer domingo, hizo buen tiempo, un buen día para salir de la rutina. Las bombas, afirmaron los expertos, eran muy sensibles y se desactivaron en el lugar donde fueron halladas por si acaso. Los más viejos eran niños entonces: oyeron aterrorizaros las explosiones, los motores de los bombarderos. Que les expliquen eso ahora a los niños de hoy: "¿qué pasa papá, porqué tenemos que irnos de casa?"

Mi Europa

Nacer polaco a principios del siglo XX era tener todas las cartas para morir joven y de mala manera, violentamente. Czeslaw Milosz escapó de muchos peligros -ciudades en llamas entre ellos- y escribió en su lengua materna, el polaco, algunos de los mejores poemas del siglo XX. De su libro "Mi Europa", traducido por Xavier Farré (alguien que traduce del polaco merece una mención y nuestro agradecimiento) quiero destacar dos frases: "No hay que estar nunca demasiado seguro cuando se sale a pasear si uno va a volver a casa, no tan sólo porque nos puede ocurrir algo sino también porque la casa puede dejar de existir" Experiencias de un país en guerra. En un país en paz tampoco puede estarse nunca demasiado seguro de volver a casa cuando se sale a pasear aunque la casa nos espere intacta. La segunda frase es la que cierra el libro, hermosísimo final: "cuando la ambición nos aconseja elevarnos sobre las sencillas normas morales custodiadas por los pobres de espíritu, en lugar de elegirlas como nuestra aguja de la brújula entre las variabilidades, destruye lo único que puede redimir nuestras locuras y errores: el amor"

Acariciar a una mosca

Una señal inconfundible para saber si una persona ha sufrido de verdad es la falta de patetismo. Hay dos especies de alegría: la "inocente" de los inexpertos ("si no os hacéis como niños..." es una exhortación a la amnesia) y la "sabia" de los que han sido tocados por algún golpe del destino. ¿O es que sólo van a poder estar contentos los que no han hundido nunca su cabeza entre las manos? De eso nada. Muy bien. Esto marcha. Nada de sentimentalismo. Durch Leiden, Freude. Onwards! Frente a los desastres del mundo Demócrito reía y Heráclito lloraba. Prefiero la primera actitud.

Superfluo y divino

Ahora está en un cuarto claustrofóbico, las paredes son sucias, no cuelga de ellas ningún cuadro de Van Gogh (piensa en Van Gogh y no en Picasso porque siente simpatía por ese desgraciado). Dentro del cuarto, en una esquina, hay una caja fuerte. Es admirable la inteligencia humana. La caja es su función: guardar algo valioso en su interior. Es, por tanto, maciza, hermética. Sólo puede abrirla quien conozca el secreto de la clave. Nos movemos entre objetos que no fueron pensados ni fabricados para nosotros, entre cosas prestadas. ¿Quién hizo las ropas y el calzado que llevamos? ¿Quién hizo nuestro cuerpo? Iluminado por el asombro, descubre la trampa en la que se encuentra y se mete dentro de la caja fuerte. Desprecia la electricidad, aunque admite su incalculable valor: nada funciona sin ella. Bien. La cosa avanza. Sigamos. Se cierra sin pillarse los dedos. Aspira a ser feliz. Tiene autoestima, ¿acaso no vale mucho más que todas las riquezas del mundo?

Caminos dudosos

Es lamentable que no se discuta o se razone sobre el amor (perdón, sí que se habla, está la prensa rosa, los amoríos del famoseo). Lo que mueve al mundo, asegura el amargado, es la codicia, la estupidez y el odio. No parece que sea el amor lo que mueva el sol y las demás estrellas. ¡Ah, Dante! "Tanto gentile e tanto onesta pare, la donna mia quand'ella altrui saluta..." La cultura inventa esta pasión, eleva el impulso animal, lo refina. Los grandes poetas han descrito el amor. Algunos novelistas son agudos psicólogos de esta pasión: Stendhal, Tolstoi, Flaubert. De pronto una persona nos atrae, tiene "un no sé qué", se convierte en una obsesión (qué torpemente me estoy expresando). El amor no es elocuente, balbucea; Quevedo, poco enamoradizo, escribió maravillosos poemas de amor. Es la pasión de Don Quijote que ve en una aldeana, Aldonza Lorenzo, (qué talento tenía Cervantes para bautizar a sus personajes) a la dama Dulcinea. Hablo del amor erótico, claro. Hay otras especies de amor: el de la madre a los hijos, que es abnegación y renuncia; el amor a algunos objetos o a un pobre animal. ¿Existe otra pasión que cause tanta alegría y tanto sufrimiento? Como dice Lope de Vega: "Desmayarse, atreverse, estar furioso" El amor es sutil, contradictorio, está lleno de sobreentendidos, es un juego secreto, muere de ausencia (o tal vez no). "An die ferne Geliebte", "a la amada lejana", se titula un ciclo de canciones de Beethoven. En nuestro mundo de masas (fútbol, publicidad, pornografía, terrorismo) no hay una gota de esta pasión. La Historia es un desierto de amor, nuestra sociedad también lo es. Vivimos tiempos cínicos e implacables donde, para sobrevivir, nos burlamos de los sentimientos tiernos. El amor es una pasión personal, toma a un individuo y lo convierte en un ángel. Es enemigo declarado de la realidad. El amor es celoso, inquieto, exigente, delicado, tiene tormentas y momentos deliciosos. Tristán e Isolda lo saben y la peluquera también lo sabría si no trabajara tantas horas (enamorarse no deja de ser un lujo). Puede ser noble, sacrificado, heroico. Pero tiene su lado oscuro. Hoy se habla de "violencia de género" (lo que antes se llamaba "crimen pasional") y de "maltrato psicológico". Cierto: el amor es una pasión peligrosa, es fuego, puede ser terrible, puede empujar al crimen y al suicidio. Dice un verso de Racine: "si Titus est jaloux, Titus est amoreux" "si Tito está celoso, Tito está enamorado". Pascal dijo: "tratemos de pensar mucho, éste es el principio de la moral". Tratemos de pensar en el amor entre anuncio y anuncio. Sin amor la vida es más tranquila, pero también más aburrida, más pobre y más triste. De mí puedo decir que lo he conocido: nada me hizo más feliz... ni más desgraciado. De su mano subí al cielo y bajé al infierno. Ausiàs March fue un gran poeta del amor: "lirio entre cardos" llamaba a su señora. Atravesando los peligros del mar va en busca de su amada, no sabe si su amor es correspondido, imaginamos lo inquieto que estará:
Veles e vents han mos desigs complir
faent camins dubtosos per la mar

El mosquito

¿Qué abandona a un ser vivo cuando muere? Es algo más que la vida. Ayer (¡ayer!) zumbaba un mosquito bastante grande en el baño (que es bastante pequeño, pero cabe un hombre desnudo y sus angustias). Ni idea de cómo vino a parar ahí. ¿Zumban los mosquitos? Da igual, sigo. Volaba, se estrellaba contra el espejo, me rozaba los ojos. Era molesto. Dí un par de manotazos, sin mucha convicción. La vida de un mosquito es corta. Los jainistas llevan un velo en la boca para no matar accidentalmente ni siquiera a un insecto, ya que toda vida es preciosa. Empieza a oscurecer. El punto de ebullición del agua. Qué bonita es la fórmula del benceno. Da igual, sigo. El mosquito estaba vivo ayer. (¡Ayer!). Hoy entré en el baño. Estaba en el suelo, quieto, inmóvil, inerte, exánime, con las seis patas dobladas. "Ahora que está muerto -pensé- me llama más la atención que cuando me molestaba" Lo recogí del suelo. Sentí un principio de lástima. Una emoción infantil. Muchos de nosotros enterramos de niños a un pájaro o un ratón con verdadero disgusto. Lo hicimos sin entender a la muerte (¿la entendemos cuando somos adultos?). Lo hicimos otorgando importancia a criaturas insignificantes, porque los niños no distinguen todavía. Ignoran el devastador, inmenso poder de la odiosísima muerte, por eso lloran por un simple ratón. Aunque la naturaleza nos trate de la misma forma -y ahí está el escándalo- los hombres no somos mosquitos. Gottfried Keller tiene un poema dedicado a la muerte de un insecto. Aunque parezca imposible ese poema emociona.

Las manos

¿Hizo la manija a la mano o la mano a la manija? ¿Pensó la puerta ser como es para resultarnos fácil?
Las manos son la herramienta por antonomasia: el instrumento de los instrumentos. ¡Cómo trabajan! No se cansan de asir, agarrar, señalar, hacer signos (saludan, ofenden, amenazan, ordenan). 
¿De quién son tus manos? Míralas bien y extráñate de ellas.
El ojo es más abstracto que las manos. Las manos tienen avidez por lo material.
Todo se construye con las manos: desde una vasija hasta un portaaviones. Con las manos se agarra el hacha del paleolítico, se usa el móvil, se toca el piano, se mueve el ratón, se cose una cremallera, se doma un caballo. Las manos llevan a la boca los alimentos, escriben, se tienden, manejan el volante.  Las manos infantiles excavan un pozo en la arena. Las manos miden distancias y tiempos. Las manos piensan. Las manos acarician y golpean. Nuestro destino está escrito en las manos. Contando las cosas con los dedos empezaron las matemáticas.
El sol asoma por la ventana, sube, no es mediodía aún. No tengo ojos para ver, veo porque tengo ojos.
Nada de lo que tenemos ha caído del cielo: lo hemos fabricado nosotros, con nuestras manos.
El sol es ciego. La naturaleza no nos conoce. Nuestras manos construyen una casa en mitad del vacío. El trabajo de las manos nos hechiza. Fuera del mundo que fabrican nuestras manos vamos a tientas.

Escaleras abajo

Nadie con un mínimo de experiencia podrá negar que este mundo es un circo en el que andan revueltos los felices y los desesperados. En algún lugar de Los Miserables, dice Víctor Hugo que en la misma calle en la que unos hombres se matan, otros juegan al billar. Se me ocurre otra imagen. Este mundo es un edificio: en el sótano se tortura, en la azotea se toma el sol. El camino del conocimiento es siempre escaleras abajo.

Distraídos, ausentes, torpes

Es conocida la anécdota de Tales de Mileto (lo mejor que nos dejaron los antiguos ha sido un puñado de anécdotas- una anécdota basta para revelar un carácter y justificar toda una vida) según la cual por ir mirando al cielo (de asuntos celestes entendía porque predijo un eclipse de sol, para pasmo de los mortales) el bueno de Tales cayó en un pozo. Una muchacha tracia, que vendría a representar la ignorancia en persona, al ver la torpeza de ese bobo se echó a reír. Torpes los sabios: no ven lo que tienen delante de los pies. Son como el albatros de Baudelaire, objeto de mofa de los marineros, del vulgo en general: "sus alas de gigante le impiden caminar"
         Otra anécdota: Tomás de Aquino comía en la mesa del rey Luis de Francia. Se pasó la comida callado, como de costumbre, abstraído, taciturno. De repente el "buey mudo" dió un puñetazo en la mesa y dijo en voz alta: "¡y esto terminará con los maniqueos!" La mesa debió de estremecerse, como el resto de los comensales, incluida Su Majestad. El filósofo no atendía a las conversaciones, su mente trabajaba en silencio y sin descanso. 
         Platón dice en uno de sus diálogos -el Teeteto me parece- que los jóvenes dotados para la filosofía parecen torpes a ojos del mundo. No saben desenvolverse en los asuntos cotidianos. El despiste de Newton era proverbial: una vez metió un reloj en una olla de agua hirviendo en lugar de un huevo. Estaba midiendo el tiempo que tardaría en cocerse (el huevo, no el reloj). ¡Qué tonto era Newton!

Modesta ambición

Quizá nuestra época, tan difícil de comprender, parezca el colmo de la sofisticación. Para cualquier mortal su tiempo es difícil de comprender. Todo lo contemporáneo es miope. Necesitaríamos unos 300 años para saber cuáles son las ideas fundamentales de nuestro tiempo, pero nadie vive tanto. Otra ventaja sería confiar esta tarea a los marcianos. Ellos podrían examinarnos "desde fuera". Pero tampoco lo veo posible. Ah, estamos limitados, tenemos una venda en los ojos. Nos falta perspectiva. 
         Una idea al vuelo: el cristianismo de los primeros siglos (hasta Constantino más o menos) fue mucho más ambicioso que nuestro tiempo tecnológico y digital. Aquellos fanáticos sin internet creían en la vida eterna, en la inmortalidad del alma, se la exigían a su Cristo. Esperaban la llegada inminente del Reino del los Cielos. ¿Hay mayor ambición? Hoy somos más modestos: nos contentamos con un nuevo modelo de móvil o un seguro de coche más barato. Si logramos un trabajo medianamente digno, entonces el delirio es total. De trascendencia, ni rastro. Todo de tejas abajo y muerto el burro la cebada al rabo. 
        Ah claro, se me olvidaba el socialismo: por fin la justicia en la Tierra. Legítima, gran ambición, por supuesto. Hace 100 años podría pasar, pero ¿quién se traga ahora ese camelo viendo a los socialistas de hoy levantando el puño, haciendo el espectáculo, en el ubicuo plató de TV que es nuestra realidad?

Palabra de Dios

Cuando se está de mierda hasta el cuello sólo queda recitar el teorema de Bolzano-Weierstrass.

La cárcel

Se levanta de la silla. Se arrima a un rincón y observa el apartamento donde vive. No hay televisión. Es de noche. Camina con pasos lentos, sólo es visible la brasa del puro. En el pasillo hay once puertas. Se da la vuelta, mira desde unos metros el haz de luz que sale de la puerta de su apartamento. Camina despacio por el pasillo, sabe que está haciendo algo excéntrico pero saludable. Hay 7.000 millones de humanos en la Tierra.

Gunnar Gustavsson

El antropólogo sueco Gunnar Gustavsson (1910-1967) escribió a finales de los años 40, anticipándose a la posmodernidad, que las relaciones humanas iban a convertirse en un plazo muy breve en algo cada vez más fantasmagórico, siniestro y abstracto y que esta nueva forma de relacionarse iba a ser origen de serios trastornos mentales. Las causas de esta transformación serían la industrialización, la tecnología, las aglomeraciones urbanas, la sociedad de consumo y las dos guerras mundiales que, según él, redujeron el valor del individuo a cero. Gustavsson está muy próximo a la crítica de la Escuela de Francfort, pero es más incisivo aún. A Theodor W. Adorno lo llamaba burlonamente "el mantecoso Teddy". Se puede entender que un pensador "excéntrico" que observaba el mundo y sus cambios desde Escandinavia tuviera esta lucidez. Con distancia se analizan mejor las cosas. Vendrá el día, afirmaba, en que los individuos, reducidos a egos cibernéticos, finjan construir, en una operación de formidable autoengaño, relaciones amistosas o eróticas a través de los medios que les ofrezca la tecnología (¿tendría en mente internet y las redes sociales?). A Gustavsson, que se declaraba "reaccionario", el esfuerzo inútil y agotador de los egos cibernéticos por establecer y prolongar relaciones sentimentales mediatizadas por la tecnología le parecía horroroso. "Cuida de tus hijos y olvida los fantasmas románticos" solía repetir. También veía en estos medios la posibilidad de calumniar, difamar, ofender y herir impunemente amparándose en el anonimato. "Es más mil veces más sano, solía decir a sus alumnos, discutir acaloradamente (se entiende que sin violencia) con alguien presente y concreto que viva en tu pueblo que felicitarle el Año Nuevo a una comunidad abstracta de egos que ni conoces ni te importan" 
      Habló de la "fractura moral" que esta clase de relaciones iba a producir. Otras expresiones que acuñó fueron "el eclipse del amor" y "trampa sentimental" Hoy estamos de lleno en ese universo tenebroso y confuso que vislumbró Gustavsson. Este antropólogo murió corneado por un reno en diciembre de 1967. El instituto de ciencias sociales de Upsala lleva su nombre.

De la vida honrada y las bendiciones que reporta

Hubo que retroceder, esconderse, huir, inventarse otra identidad. Como tantos otros compañeros deformé mi cara, me inventé un nombre, rehice mi vida en el Nuevo Mundo. Borré mi pasado. Fui un hombre trabajador, un sencillo carpintero. ¿Hay profesión más hermosa? Me he ganado la vida honradamente. Soy un tierno viejecito y mis facultades físicas y mentales están mermadas por la edad. Ahora venid a juzgarme.

Multitud

Alguien o ninguno. Da lo mismo. Se abre paso entre la gente, siendo gente. Oye al pasar conversaciones: problemas personales, dinero, dinero, críticas a un conocido, juicios, sueños. La vida tiene un radio estrecho, nuestra pequeña cueva en el mundo. Oye desde la ventana decir a alguien: "la crisis hace más ricos a los ricos y más pobres a los pobres" Es de noche: Sirio y Orión en el cielo, ajenos a la miseria humana, es lo suyo. Ve a alguien en su piso lavar un vaso, un tipo gordo y calvo que nació muy pequeño y jugaba en el parque hace poco. Futilidad total. Un extranjero, alguien o ninguno, pasea entre la multitud de una ciudad cualquiera. Nadie le conoce, no conoce a nadie. Es superfluo y lo sabe. Oye conversaciones sueltas al pasar. Un tipo airado le insulta desde una furgoneta. Mujeres arregladas y presumidas. Niños con su imbecilidad deliciosa, jugando a la pelota. Un grupo de viejas: "dios la ayuda porque ha sufrido mucho". Alguien o ninguno pasea por una ciudad cualquiera de este planeta minúsculo. Todos morirán dentro de poco, otros vendrán para repetir las mismas conversaciones, los mismos insultos y traiciones, las mismas ilusiones y agonías, las mismas locuras. Generación tras exterminio. Alguien o ninguno pasea entre la multitud. Le son indiferentes. Si uno cayera fulminado se abriría un círculo de pánico y curiosidad morbosa. El tráfico irrumpe entre los huesos frágiles. Es mediodía: se oyen platos. Es de noche: las calles desiertas. Alguien o ninguno pasea entre la multitud, con apatía y rabia contenida, sombra anónima. Camina por ese laberinto como el flaneur del poeta. Oye conversaciones banales: hablan de dinero, negocios, critican a un pariente. Sueños. Entre el ayer y el hoy, entre el hoy y el mañana y el antes y el después y el siempre y el nunca. Nada. Duramos un momento. Mientras tanto nada. Alguien o ninguno. Da lo mismo.                                    Estrellas impasibles, amorosas, ni siquiera eternas. Sublimes. Policía. Ancianos. Niños. Escaparates. Ratas. Historia. Olvido. Café. Miradas de deseo, temor y asco. Publicidad. La misma eterna comedia. El mismo tedio eterno. La misma inquietud. Alguien. Ninguno. Nadie.

El dedo todopoderoso

Nuestro maravilloso cerebro manda la señal a los nervios que accionan los músculos del dedo. De la masa gris donde duermen los recuerdos de infancia y acaso el enunciado del teorema de Arquímedes parte la orden a la provincia exterior. Como si desde Roma se enviara un edicto imperial a las legiones de Mesopotamia. El dedo índice de la mano derecha aprieta el botón del ratón y se dispara automáticamente la llamada. Así acuden, como palomas llamadas por el deseo, las figuras que esperan en el centro de la sala y miran la pantalla que emite imágenes obsesivas, repetitivas, obsesivas, repetitivas. Esto es una manifestación del amor (el amor es un tormento) y su poder de atracción. No fueron más dóciles a Cristo sus discípulos, ni más atentos estuvieron los jóvenes de Atenas a Sócrates, que estas figuras lo están a la llamada. Se le llama "turno" no "vocación". RC-098 El mecanismo es admirable: cada figura que entra recoge un papelito con una clave: dos letras un guión y un número. Delicia cartesiana. El sistema es ordenado, impecable, práctico y de una exquisita humanidad. Es una realización de la justicia. Hasta el detalle de postergar a las figuras que no pertenecen a la secta está perfectamente calculado. Los no iniciados en los misterios se van cubriendo de vergüenza, indignación, telarañas, pasmo y apetito de venganza. Su queja inútil termina en resignación. RN-001. El formidable dedo de la Capilla Sixtina, ese dedo divino que anima a la criatura de barro, no tuvo tanto poder como el dedo que aprieta el ratón y llama a las figuras que esperan en el centro de la sala, mirando a la pantalla y acuden como palomas llamadas por el deseo.

De la tontería propia y ajena

Cacarear en una oficina de banco. Saltar a la comba en un velatorio. Intimidar a un mirlo. Contar las manchas de grasa en la chaqueta de un presumido. Elevarse en un globo de feria. Charlar de física cuántica con el mendigo del barrio. Despertar a un catatónico. Escupir al Guernica de Picasso. Interrumpir una conversación bajándose los pantalones. Parar el tráfico con una cabra al hombro. Preguntar a un policía por su familia. Disertar en un bar sobre el "Contra Celso" de Orígenes. Caminar de espaldas. Poner un paraguas abierto encima de un cajero automático, pero por dentro. Abrir una lata de cerveza con un libro de Pérez-Reverte. Cantar el himno de Albania en la ducha. Llamarse Francisco. Dedicarle una elegía al músculo buccinador. Orinar contra el viento. Gritar "viva Robespierre" subido en una noria. Empapelar con musgo el Congreso de los Diputados. Afiliarse al Partido Comunista. Hundir a bastonazos un portaaviones. Insultar a la luna. Tener un ataque de ansiedad en una clase de yoga. Negarse a ser un títere. Explicar a una tortuga el Código Civil. Intentar ser amable con un escorpión. Abrazar a Rajoy. Enfriar a soplidos un reactor nuclear. Darse importancia. Escribir tonterías en un blog.

Del implacable peso de la Fortuna

El peso de la sociedad es tan avasallador que apenas queda margen de acción para el individuo. Nos arrastra la corriente. Si el individuo no es ciudadano, sino consumidor, como sucede en nuestros días, sólo vale en la medida en que pague gasolina, recibos de luz, seguro, hipotecas, facturas de teléfono, gastos escolares, el pan nuestro de cada día, etc etc. Un error que me parece fundamental señalar es el error de creer que con esfuerzo lograremos lo que nos propongamos. Esto es totalmente falso. Sería como si una piedra creyera que cae por propia voluntad, cuando es la fuerza de la gravedad la que la impulsa. Las condiciones sociales, la familia, la época, los golpes de destino, nuestro carácter (que no escogemos) nos condicionan de una manera decisiva. Frente a esto bien poco podemos hacer. Esto no es derrotismo, sino lucidez. Preferimos engañarnos, o mejor dicho, nos engañan con ese camelo. Descubrir ese error tiene algo que consuela. Nuestras fuerzas son limitadas. La vida es una cruda lucha por la supervivencia para cientos de millones de casi personas. La pobreza oprime y como se sabe cuando la pobreza entra por la puerta el amor sale por la ventana.
           El azar determina la inmensa parte de nuestra vida. Es un azar nacer. Es una lotería tener o no tener talento. ¿Por qué la naturaleza hace a unos tontos y a otros listos? ¿A unos fuertes y a otros débiles? ¿A unos vivos y a otros apáticos?
         Si no sabemos quiénes somos, a dónde vamos ni de dónde venimos, poco más podemos hacer que soportar los caprichosos giros de la Fortuna. Para una persona con suerte (trabajo, familia, dinero) es fácil la virtud y el equilibrio. El afortunado cree, por vanidad, que su felicidad y su virtud se deben a su propio mérito. Y así camina ufano por el mundo, creyéndose invulnerable, mirando por encima del hombro a tantos desgraciados. No, amigo: si tienes una familia ordenada, dinero suficiente, buenas condiciones de vida, es, sobre todo, porque el Destino no te ha mirado con sus ojos verdes y tenebrosos. 
        Construir una vida digna como una zanahoria requiere grandes dosis de sensatez, anfetaminas y desparpajo. ¿Exigirnos mucho? No creo que "si te esfuerzas lo suficiente conseguirás lo que te propongas". ¡Falso! La Fortuna tiene casi siempre (concedamos un margen para no desesperar) la última palabra.  
        Somos huéspedes fugaces en este mundo extraño, marionetas de la suerte. ¿Quién nos conoce? Lo decía Unamuno: "toda vida a la postre es un fracaso". Pues sí, fracasaremos todos, ¿y qué? ¿Fracasan los gorriones, las medusas, las arañas, las piedras? ¿Qué son el éxito y el fracaso? Un par de impostores. Mejor será que modere mi ambición, que la acomode a la pequeñez de mis fuerzas. ¡Qué minúscula se ha quedado! ¡Qué arrugada! Dejo de divagar. El asunto me supera.

Frontispicios (II)

En la entrada anterior pueden verse los frontispicios de unas obras científicas. Esos libros no fueron best-sellers, desde luego. Creo que puede afirmarse como regla general que los libros más influyentes y poderosos pasaron inadvertidos en el momento de su publicación. Excepto uno todos estaban escritos en latín, lo que ya reducía muchísimo el público lector en un tiempo en que la mayoría de la población era analfabeta. Estos libros tienen una carga tremenda de pensamiento, son bombas de relojería. Dos de ellos son obras cumbres, la plena realización de una nueva visión del mundo: aquí están Copérnico y Galileo. Los otros tres son atisbos de lo que está por venir, son obras de precursores que no llegaron a la meta, pero tuvieron una intución genial. Como a Moisés, les fue dado ver la Tierra Prometida pero no pisarla. Wallis y Cavalieri rozaron con los dedos de la mente el cálculo infinitesimal, que más tarde desarrollaron Newton y Leibniz. Saccheri fue un precursor de las geometrías no euclídeas que casi dos siglos después descubrieron Gauss, Lobatchevsky, Bolyai y Riemann. Como todos sabemos, sin la geometría de Riemann no se explica la Teoría General de la Relatividad de Einstein. Para la ciencia, como para la vida en general, vale lo que se dice en el Evangelio: "muchos son los llamados y pocos los elegidos" En la ciencia hay muchos grandes hombres injustamente postergados. Para alcanzar la gloria se necesita suerte, nacer en el momento justo. No basta sólo con la obsesión y un enorme talento.

Frontispicios






Tipos difíciles

Rousseau y Wittgenstein fueron melancólicos, taciturnos, maniáticos, solitarios, irritables y un poco lunáticos. Como pensadores de épocas distintas su filosofía es distinta, o mejor dicho, se ocuparon de asuntos diferentes. Uno afirmaba que el hombre es bueno por naturaleza y que la sociedad lo corrompe, el otro escribió que de lo que no se puede hablar hay que callarse. Esto (ya lo sé) es una simplificación. Hoy se me ocurrió compararlos pues me parece que tienen muchas cosas en común. Me refiero a su carácter. Ambos eran personas de trato difícil, una inquietud permanente les corroía, eran poco risueños. Los dos eran brutalmente sinceros, caprichosos, ambos sentían una necesidad imperiosa de confesar sus miserias, una morbosa satisfacción en autohumillarse. De sí mismos tenían una opinión más que modesta, por no decir penosa. Rousseau y Wittgenstein eran hipersensibles, el menor roce con algún semejante bastaba para enfadarlos durante semanas, eran como las mimosas sensitivas que se pliegan al más leve contacto. Los dos padecieron de manía persecutoria. Naturalmente para ser una persona de genio no es necesario ser depresivo, ni introvertido, ni imaginar que el mundo conspira contra uno. Einstein era muy sociable. En un acto social gustaba de ser el centro de todas las miradas, lo que no era difícil en su caso, pocos hombres gozaron de tanta admiración en vida. Rousseau y Wittgenstein en un acto social se habrían apartado, habrían salido de la fiesta para esconderse en un rincón, murmurando, aburridos de los demás y de sí mismos. Rousseau y Wittgenstein eran dos hombres débiles con una rara fortaleza. Creo que Luis Cernuda también fue un hombre de esta clase. Había que andarse con mucho tacto si no se quería ofenderlos. Rousseau riñó con el genial David Hume, que era una persona alegre y encima lo protegía. Wittgenstein riñó con Russell, otro genio, que también gozaba de un temperamento jovial y que también ayudó mucho a su colega. Cernuda riñó con casi todo el mundo. Si no se soportaban a sí mismos, mal podían soportar a los demás. Su intransigencia era tremenda.
        En griego a la felicidad la llamaban "eudaimonía" es decir, buen demonio. Estupenda intución. Tener un buen demonio (todos tenemos el nuestro) significa ser feliz. De Rousseau y Wittgenstein podría decirse que tenían "disdaimonía", un mal demonio que los hacía infelices. Y por citar a otro melancólico, Heráclito, que por lo poco que se sabe de él también tenía un genio de perros: "el carácter del hombre es su demonio".

Destas prisiones cargado

La torre de Segismundo no es un observatorio astronómico.
Es una cárcel, como el universo.
Está en un lugar muy apartado. Lejos de la sociedad.
Segismundo no sabe que está en la Tierra. No sabe que está en un país. No sabe si está vivo o muerto o ninguna de las dos cosas.
Se oyen lamentos, gemidos, carcajadas.
Segismundo está durmiendo. Tiene sueños. El día se convierte en noche, los sueños en pesadillas. La vigilia es una pesadilla.
Hay una TV en la celda que emite partidos de fútbol. Uno tras otro. No entiende el juego. Está tan confundido que no se da cuenta de su confusión.
Segismundo nunca ha visto a una mujer. Nunca se ha enamorado. No se pregunta si vale la pena enamorarse. No conoce esa forma de locura.
Segismundo no conoce el dinero.
Segismundo no ha trabajado en su vida. Es totalmente inútil, pero no lo sabe.
Segismundo no conoce el calendario ni las horas del día. Nota que las sombras se mueven, que la oscuridad y la luz son cosas que se alternan.
La electricidad no existe para Segismundo.
De vivir en sociedad Segismundo sería un hombre normal y corriente con un sufrimiento normal y corriente. Es decir, algunas veces casi insoportable.
No tiene envidia, ni celos, ni se enfada. Si llueve se arrima a la ventana para que le refresquen algunas gotas. Segismundo no teme a nada en particular. No sabe que es mortal. Tampoco sabe que ha nacido.
Segismundo ignora que tiene padres.
No tiene idea de Dios ni ha visto el mar ni un centro comercial.
Segismundo no ha engendrado a ningún hijo.
Oye ruido de pasos. Entra gente. Son Napoleón y Goethe. Caras nuevas. Segismundo cree que son otros carceleros. Los mira como si fueran una pared gris. Goethe cierra la puerta. Napoleón y Goethe no reparan en él. Le ignoran por completo. Conversan en francés debajo de la ventana.
Segismundo frunce el ceño. ¿Ni siquiera lo van a torturar? No entiende lo que dicen.
Napoleón y Goethe se interrumpen. Se dan la espalda, se ponen en cuclillas y defecan en el suelo de la celda.
Vuelven a la conversación. Napoleón y Goethe están un largo rato conversando muy animadamente. Se hacen una mutua reverencia y se marchan como vinieron. Cierran con llave. No han mirado a Segismundo ni una sola vez.
Entra un murciélago.
Afuera se oyen excavadoras. Deben de estar cavando una fosa común.


De la visión apocalíptica del mundo

Como todo el mundo sabe los que anuncian el fin del mundo son unos optimistas. Lo malo del mundo es que no se acaba. De producirse no sería toscamente, como la colisión de un asteroide que redujera este planeta a cenizas. Hemos perdido el pánico a la guerra atómica. Acaso vendría "con pisadas de gato" como decía un poeta polaco. No con un estallido, sino con un gemido. Una grieta que se abre en el hielo del Ártico o la conjunción de tres o cuatro gobernantes especialmente imbéciles; aunque bastaría uno, suficientemente poderoso y demente, para echarlo todo a perder. Todo se viene abajo, ¿no es cierto? Bien resistente es la máquina del mundo si no la hicieron pedazos ni Hitler ni Stalin ni los miles de asesinos anónimos que colaboraron con entusiasmo con ese par de monstruos, perpetrando toda clase de atrocidades.
          ¿Habrá sentimiento más frecuente que el temor -y el secreto deseo- de que se acabe el mundo? En el excelente libro de E.R. Dodds Paganos y cristianos en una época de angustia se mencionan una serie de pasajes de escritores antiguos que destacan la vanidad de la existencia, la comedia de la vida, su absurdo insensato: Platón, Marco Aurelio, Plotino, San Agustín, Palladas, Cipriano, Arnobio. El erudito Dodds cita a Orígenes: "Esta ancha y maravillosa creación del mundo... ha de debilitarse necesariamente antes de fenecer. De ahí que la tierra será más frecuentemente sacudida por los terremotos, mientras que la atmósfera se volverá pestilente, engendrando una malignidad contagiosa". Atmósfera pestilente. ¿Conoció el teólogo alejandrino el cambio climático? Aquellos cristianos del siglo IV, dice Dodds, afirmaban esta visión pesimista por el hecho de creer que el mundo estaba abocado a una próxima destrucción. Hay paralelismos entre aquella época y la nuestra: entre el siglo IV y estos tiempos. Una época de angustia, la llama Dodds. Nunca hemos vivido mejor, se dice. Pero eso es estadísticamente, o sadísticamente más bien. Que vamos hacia atrás es evidente, hay un regreso patente a algo parecido a la barbarie. La vida se vuelve hostil, amarga, desagradable para muchísimas familias. La esperanza de vida nunca ha sido tan larga. La medicina, la higiene pública, el cuidado de la seguridad son factores decisivos. Pero no le llamemos "esperanza de vida" si tenemos que trabajar hasta los 75 años. No se trata de alargar la vida, sino de ensancharla. La verdad es que tenemos que ser miserables y lo somos. Duremos los años que duremos.
      Lo malo no es que se termine el mundo sino que no se acaba. ¿Nunca cesará esta agonía? O siendo menos tremendos: este malestar. Sobrevivir acosado por facturas, matándose a trabajar, sin vacaciones, buscando un empleo, en condiciones precarias no es ya una excepción, como todo el mundo sabe. Cada vez son más las personas que caen en el pozo de la pobreza, los trabajadores pierden derechos adquiridos, los recursos naturales se agotan, la angustia de la falta de dinero oprime cada vez a más familias. Esta sociedad de consumo es una selva. Los jóvenes son los nuevos esclavos. Cuando la necesidad  material y cruda aprieta no hay "buenos sentimientos" ni humor, ni tiempo para gozar los bienes de la cultura. No se puede uno permitir ese lujo. Antes de disfrutar y humanizarnos con Mozart, con Cervantes o con Venecia necesitamos tener la barriga llena, un mínimo de bienestar material. Los que gozan de una situación desahogada no tienen en cuenta esto, aunque se quejen por un arañazo y les corteje la melancolía. Los pobres no tienen moral, la virtud no es posible si falta el dinero. Lo dijo muy bien Bertolt Brecht: "primero viene la comida, luego la moral". Woyzeck, en el drama de Büchner, le dice al capitán que en el cielo los pobres como él ayudarán a tronar empujando las nubes. Una situación desesperada que se repite de nuevo cuando creíamos que habíamos dejado atrás las tonterías del pasado. Pues no señor. Muchos luchan hoy a brazo partido para sobrevivir un día más entre nosotros. Todo pasa a ser secundario si falta el dinero. Vuelven los explotados, los woyzecks, los canallas, los lazarillos, los esbirros de este orden económico y social que se desintegra. La pobreza rebaja al crimen, dijo Chamfort uno de esos moralistas franceses tan agudos e inteligentes.
        En cuanto al fin del mundo baste decir que será muy modesto y está asegurado. Se produce en nuestra muerte individual. Adiós, mundo. Estalló la pompa de jabón. Nada se detiene, nadie es imprescindible y finalmente todo se olvida:  e se ne porta il tempo ogni umano accidente. (No sé para qué escribo cosas tan evidentes, pero en fin, en algo hay que pasar el tiempo, pues la verdad es que me aburro muchísimo). Eso será cuando encontremos cada uno de nosotros el "pequeño fin en el inconmensurable caos de lo vulgar" como dijo muy requetebién el dramaturgo Christian Drietrich Grabbe de uno de sus personajes.

De la imperiosa necesidad de afecto

Los viejos han aprendido la dura lección de quedarse solos. No hay más que salir a la calle para ver ese ejército de tranquilos desesperados, sentados en los bancos de los parques. Nuestra sociedad es senil. Esperan una muerte vulgar con expresión vacía. Decía Plutarco que el hombre de ayer ha muerto en el de hoy y el de hoy morirá en el de mañana. No hay por dónde cogernos; somos como el agua, inaprensibles, nos arrastra la corriente del tiempo. Nunca idénticos a nosotros mismos, siempre cambiantes y fugitivos. Somos relojes que indican el tiempo que llevamos en el tiempo. Poco puede hacerse en estas condiciones tan duras, salvo soportar con paciencia este destino. La soledad inmensa que llevamos dentro nos empuja a buscar el trato con nuestros semejantes, nos buscamos unos a otros en este universo frío e inhumano. A veces el resultado es catastrófico. Tratar con un desconocido no es poco riesgo. Somos peligrosos. El hombre es más enemigo del hombre que la misma naturaleza. Cuando no puede usar la fuerza bruta utiliza el engaño, la máscara, el veneno. Cualquier horror puede justificarse. Estamos corrompidos hasta la médula. ¡Visión sombría de Juan Calvino! La Vía Láctea se mueve, dicen, a dos millones de kilómetros por hora. Genial. ¿No sientes vértigo? Un técnico -una persona de la que ignoro todo salvo que está ahí haciendo su trabajo- no deja de hablar por el móvil. La insustancialidad de su conversación es aplastante. Es lo cotidiano revelando la estupidez esencial del mundo y también su maravilla. Tiene gafas. Cuando su madre lo amamantó (si fueron así las cosas) realizó un trabajo muy loable. Digno de Hércules. A su madre (que no era una diosa) ni se le pasó por la cabeza que esa criatura, que ahora no deja de decir sandeces, pudiera llegar muy lejos en la vida. Tan lejos como yo o como cualquiera, pero  eso no debería importarnos: llegar lejos en el mismo cenagal donde ciertos antropoides triunfan da asco. ¿Qué significa "llegar lejos"? ¡Oh ilusiones de juventud! ¡Oh vanidad y engaño de la vida! Este técnico era hace pocos años un trozo de carne que había que alimentar. Ahora se ríe (¿de qué? ¿por qué esa risa tonta?)  "Venga, hablamos. Ta luego. Chao. Chao".  Así gira y gira este loco carrusel del mundo. Unos entran, otros salen. Unos suben, otros bajan. La vida es un fracaso precioso. Ya se ha ido el técnico. Vuelve el silencio. El ruido de las máquinas. Estuve acompañado. ¿Por quién? No importa. Por alguien. Por ninguno. Somos pobres seres anónimos buscando una persona que pronuncie nuestro nombre: con ternura, con odio o con fingida confianza.
            Ya tenemos ganada la terrible indiferencia de la inmensa mayoría de nuestros semejantes.


Descripción de una lucha


Texto escrito para la presentación del libro "El cuaderno griego" de Ana Vega, librería Santa Teresa, Oviedo, 26 enero 2017

Leí este libro hace unos quince años, cuando Ana Vega me lo envió por correo electrónico. Me impresionó "Dinámica del frío" una narración que forma parte del conjunto. Un NO MUERTO, personaje insólito, es el objeto de las notas, apuntes, pensamientos escritos por un autor obsesionado, al borde de la locura, que yo no conseguí relacionar con nadie que pudiera conocer. Ana Vega tendría entonces unos 23 años. Ahora, al releerlo después de tanto tiempo, noto que no ha perdido nada de su potencia. Me pareció y me sigue pareciendo un texto memorable.

      "Dinámica del frío" es una tensión límite de las posibilidades del lenguaje para expresar el sufrimiento y la lucha.

          Leyéndolo pienso en las Pinturas Negras de Goya y en los cuadros de Francis Bacon, especialmente el tríptico titulado "Tres estudios para figuras en la base de una crucifixión".  Bacon dijo en una entrevista: "recuerdo que estaba mirando una cagada de perro sobre la acera y de pronto lo comprendí; ahí está, me dije: así es la vida. Curiosamente, [esa idea] me atormentó durante meses, hasta que llegué, como si dijésemos, a aceptar que uno está aquí, existiendo durante un segundo, y que le aplastan luego como a una mosca contra la pared" La misma lucidez tiene Ana Vega. Como ella misma dice: la lucidez ciega. La lucidez quema.
         Me llamó la atención el nombre: NO MUERTO. Según leía iba comprendiendo el acierto de esa idea. Es el personaje sobre el que se escribe esta historia clínica. El NO MUERTO se encuentra en un estado insólito, qué causa -si la hay- lo ha llevado a tal miseria (y tal lucidez) lo ignoramos y no importa: combate con el sufrimiento, unas veces cede, otras se impone, en una dialéctica angustiosa de salvación y catástrofe. Vacila, se confunde, tantea, insiste, llora,  cae, se levanta otra vez:  Pese a todo continua. Camina. Pierde el paso. Se detiene. Se busca. Teme encontrarse. El NO MUERTO es pequeño, podríamos sentir compasión por esta criatura desvalida (que no por eso deja de arrojarnos verdades a la cara) quizá podríamos amarla. Su tenacidad es admirable. En otro lugar se dice: El NO MUERTO sabe que ha perdido la condición de ser humano. Se pregunta si es posible perder algo que duda haber tenido. Estamos ante una crisis profunda, algo esencial se ha roto: El NO MUERTO se pregunta por qué intuimos que hay humanidad donde tan sólo hay desierto. Decididamente, éste no va a ser un libro fácil.

      Con una frase que recuerda a Pascal se dice: La naturaleza miserable del hombre, sin más. Saliendo a cada paso.

     Ese NO MUERTO está a punto de ser nada, su fragilidad es tan grande como su resistencia. Sólo le mantiene en la existencia una batalla sin sentido y sin cuartel contra el "dolor" palabra que se repite una y otra vez, obsesivamente, a lo largo del libro, como un martilleo insoportable: La vida te llena de dolores, de DOLOR, así, mayúsculo, gigantesco, atroz, y eso no te permite ver más allá. En otro lugar dice: El NO MUERTO se pregunta si hay algo más puro que el dolor. Algo más claro. No hay nada en el mundo que mejor nos muestre quiénes somos realmente, lo que somos por dentro y por fuera. A alguien jovial, con salud, optimista, equilibrado y con poca experiencia esto puede resultarle exagerado: "No es para tanto. No todo es dolor. Sería insoportable. Existen la belleza, los días serenos, la risa de los niños, la dulce rutina". Sin embargo, esta exageración es precisamente la virtud del libro. Ana Vega nos coloca ante el escándalo y la obscenidad del sufrimiento. No hay discusión posible. Felices los que no han conocido "el otro lado". Si este libro cae en manos de algún inocente, que haga antes ejercicios de calentamiento. Por eso no le gustan los niños. Le dan miedo. Su sufrimiento intacto. Nocivo disgusto por la infancia: los niños repetirán los mismos fracasos, sufrirán los mismos golpes. Anticipar en lo que van a convertirse, en lo que la vida hará de ellos.

       Este libro despierta al lector de un sueño de fortuna, confianza y satisfacción.

         Ana Vega conoce nuestra fragilidad (téngase en cuenta la precocidad de su autora). Su rebeldía es enorme. Su protesta furiosa. La discordia es inacabable y la violencia permanente, por latente que sea. No, la vida no tiene sentido. No por eso se abandona la lucha, al contrario: el sentido es asumir esa falta de sentido y seguir adelante. Sin esperar recompensa. No la hay. Hasta caer rendidos.

        El NO MUERTO nos escupe a la cara: El no muerto se sorprende, descubre la fragilidad del ser humano. La incapacidad de los hombres ante el dolor, el instinto del hombre sano y salvo que se defiende del rostro enfermo, de lo que teme. Esa huida. La cobardía. Se pregunta si ha conocido a algún hombre valiente. Seguramente la respuesta es "no". Ante el dolor hacemos la vista gorda: es un mecanismo de autodefensa. El NO MUERTO teme la ignorancia, la estupidez real, es decir, la incapacidad de empatía. Hay un límite tácito que no se debe superar. Ana Vega lo rebasa continuamente. Este libro es heterodoxo, desmedido, blasfemo. "El cuaderno griego" estaría prohibido por Stalin, por los nazis y por el Vaticano. Derrotista, contrarrevolucionario, arte degenerado, enfermiza desazón, negro escepticismo, ideas disolventes. Aquí no se defiende ni ataca ninguna causa, no se toma ningún partido. No hay grandes proyectos históricos ni sociales. Un individuo sufre, eso es todo. El dolor nos demuestra que estamos vivos, nos despierta, nos zarandea, nos coloca frente al espejo para obligarnos a ver lo que realmente somos. Pero no hay dignidad alguna en el dolor.

        Mientras leía el libro recordaba el cuadro de Munch "El Grito"     
       Algunas citas permiten situarlo: hay alusiones a Hesse; citas de Duras, de Camus, de Baudelaire, de Blanchot, de Louis Malle, de García Martín. El NO MUERTO no se explica sin el Roquentin de Sartre, ni el Meursault de Camus, ni el Bernardo Soares de Pessoa, ni Gregor Samsa. Está desnudo, en carne viva: no tiene nombre, apenas tiene peso ontológico. Es evidente que es la máscara de su autora, un alter ego. El NO MUERTO es sus vómitos, sus heridas, su tedio, sus trastornos, su capacidad de análisis y reacción ante un exceso intolerable. No es un personaje al uso, es algo vagamente humano, arrojado a un pozo de lágrimas, de soledad y confusión; él mismo es su propio pozo. Su voluntad flaquea pero es de hierro: saldrá del agujero que él mismo excava. Todo en este libro es combate, lucha. El relato es claustrofóbico. El olor de un cuarto donde alguien sufre es siempre un olor indescriptible. Como el olor de la santidad. El bien y el mal se acercan demasiado. Se puede ver más allá. El no muerto sabe que lo que te hace más fuerte te debilita también, te mutila en cierto modo, alguna parte. ¡Qué alturas y qué caídas! Da la impresión de estar leyendo a una mística relatando sus tormentos y éxtasis.

        Inútil situar al NO MUERTO en un lugar, en un espacio. El mundo exterior desaparece. El texto comienza abruptamente, metiéndonos de cabeza en el pozo, sin contemplaciones: El DOLOR. La soledad y el frío. Cómo enfrentarse a eso. Cómo hablar de ello. Nunca hay palabras suficientes para describir ciertas miradas. Una especie de sombra entre los vivos, un no muerto. Eso eres ahora.

        ¿De qué trata la literatura si no de las penas, agonías y esperanzas de los hombres? Lo demás, casi todo, son pasatiempos fútiles, sin valor, verborrea barata. Este NO MUERTO es universal. Conmoverá en Japón lo mismo que en Los Ángeles.  
        El NO MUERTO de Ana Vega me recuerda a aquellos "musulmanes" de los campos de concentración: prisioneros que se hundían, extenuados, vaciados por el hambre y la humillación, abandonados a una muerte  inminente. Una muerte que no mataba a "nadie" porque lo que había de humano ya había sido eliminado por un mecanismo implacable. ¿Acaso no se parece la vida demasiadas veces a un campo de concentración? Nuestra vida cotidiana. No hace falta acabar en Treblinka. El NO MUERTO de Ana Vega no está tan hundido, saldrá adelante (en algún momento dice Ana Vega que una mujer saldrá adelante siempre. Peleará. Luchará hasta caer rendida). Quizá ser humano signifique haber sido despojado de la humanidad posible o no alcanzarla nunca; por tanto la humanidad sólo podría definirse de forma negativa. Eugenio Montale dice en "Huesos de sepia": No nos pidas las fórmula que otros mundos pueda abrirte, sí alguna sílaba torcida y seca como una rama. Eso sólo podemos hoy decirte, lo que no somos, lo que no queremos.
       Me imagino a una adolescente de Tokio leyendo este libro en el metro. Devorándolo. 

      En la portada de esta reedición se ve la foto de una escalera gris, desierta. Podría ser la montaña de Sísifo (a Ana Vega le atraen las montañas, el peligro del alpinismo, los espacios salvajes, un tipo de salvajismo distinto al de las poblaciones humanas, menos engañador). El NO MUERTO  de Ana Vega no carga con un roca (no está castigado por los dioses, aquí no hay nada divino); carga consigo mismo, lo que hace más sutil el tormento. El NO MUERTO es su propia piedra. Es alguien. Está condenado a ser alguien. Hay una agonía, una lucha entre el NO MUERTO y su dolor. Todo en este libro es una lucha a muerte. Escarba en su dolor, le obsesiona, le da vueltas, lo examina, lo desmenuza. En estas páginas hay reflexiones muy agudas sobre la soledad, el amor, la sociedad, el dolor. Hay algo realmente escandaloso en la soledad. No tienes nada, pero te sobra todo, espacio, tiempo. Te acercas a Dios. A esa perspectiva atroz. (...) El NO MUERTO sabe que estar absolutamente solo es algo animal, primitivo. El libro está lleno de reflexiones así de brillantes. En cuanto al amor, que podría remediar esa soledad: el NO MUERTO  se siente solo. Asume su soledad definitiva, incurable. Se pregunta ahora por la extraña naturaleza del amor. Se pregunta si lo ha conocido. Se siente desorientado entonces. Busca el rostro de un semejante donde poder reconocerse. Quizá el amor nos salve. El poder de una caricia. Pero su lucidez no le permite hacerse ilusiones: podría tratarse de un engaño más. De una mentira más.

      El NO MUERTO escala como un montañero por la pared de un barranco. Existe un camino en ese tormento: ve, ahora, con claridad que nada tiene sentido y que nunca habrá motivos para seguir luchando, y ése es uno de los pilares básicos, ahora lo sabe, así lo siente. Es el motivo principal por el cual permanece en el ring, saberte vencido de antemano. Así que no hay victoria. El fracaso es inevitable. La lección amarga. Este libro es sabio: no hay engaños, no hay falsas esperanzas. ¿Si te esfuerzas llegarás? Mentira. Es difícil hacerse una idea de las angustias y vértigos que ha conocido la autora. Descubre en el dolor a fuerza de golpes que somos ceniza, algo fortuito, juguetes de la fortuna. Me recuerda, como decía, a una mística dictando sus tormentos y sus éxtasis.

        Ana Vega hunde el bisturí hasta lo más hondo de la carne. Lo hace sin contemplaciones. Gran mérito del libro: su brutal franqueza. El NO MUERTO es también producto de la tensión con sus semejantes. Las convenciones sociales que ataca con furia. La mentira inunda el mundo. Lo inunda todo. Crueldad y estupidez. Tener y no tener. La perspectiva cierta de la muerte. La idea del suicidio. La conciencia de la imposibilidad de recibir ayuda. Ana Vega ha observado la naturaleza humana y sus límites. Ha tenido el coraje de mirarse a sí misma. El sufrimiento emocional es enorme. ¿A qué agarrarse ante panorama tan desolador? Hay un consuelo: la escritura. Un grito, sí; pero articulado, convertido en lenguaje. Una forma de resistir. El poder catártico de la palabra. A esa tarea se aferra Ana Vega: Escribir como enfermedad. Como algo que te ocurre sin saber por qué. Como algo inevitable. Vencer el simple desahogo, lo más difícil, el gran monstruo. El respeto a las palabras, a lo que comienza a nacer. Ser consciente de todo lo que eso implica. Escribir como salvación. Porque nos salva. El no muerto lo sabe, así lo ha sentido. 

         Al final el NO MUERTO divisa un poco de luz, salimos del ambiente claustrofóbico: el NO MUERTO sabe que ha llegado al final del camino. Sabe quién es, de dónde viene y a dónde se dirige. Ahora se reconoce en el espejo y ante sí mismo. Este testimonio alucinado y lúcido de las honduras de nuestra inanidad termina diciendo: Se siente libre, él decide si seguirá caminando o se quedará aquí mismo. Ya no siente peso alguno sobre su espalda. Libre, en todos los sentidos. Aquí termina su camino. Suena a victoria. A pesar de todo o precisamente por eso. Sabiduría alcanzada a golpes, dice. Templado como el acero el NO MUERTO se sobrevive a sí mismo. Se seca las lágrimas.
       Esta experiencia abisal, de alcance universal, se comunica en un estilo cortante, seco, sobrio. Las frases son hachazos. De la primera lectura que hice aún recuerdo esta frase formidable, resumen perfecto de la humanidad o de la in-humanidad o de la post-humanidad: Nacemos solos y morimos solos, ya está, eso es todo. Nada antes de nacer, nada después, apenas nada tampoco mientras tanto. Nada entonces.

           Hace más de cien años un joven escribió a un amigo: en general, creo que sólo debemos leer libros que nos muerdan y nos arañen. Si el libro que estamos leyendo no nos despierta como un puñetazo en el cráneo, ¿para qué molestarnos en leerlo? (...) Lo que necesitamos son libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, libros que nos hagan sentirnos desterrados a las junglas más remotas, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio. Un libro debe ser el hacha que quiebre el mar helado dentro de nosotros. 
         El joven se llamaba Franz Kafka. "El cuaderno griego" es uno de esos libros.

Dispersión

La comunidad ha desaparecido: familia, barrio, gremio, empresa, clase social, patria. Es un fenómeno de la modernidad. Ese estado de cosas ha sido barrido por otra forma de organización social que reduce a sus miembros a egos solitarios, cada uno de ellos enfrentado con la sociedad. Cada ego debe crearse un perfil y construir su propia comunidad. Siempre sospechoso (potencial terrorista, presunto maltratador, racista enmascarado) la presión moral que se ejerce sobre ese ego es terrible. Cualquier indicio, por insignificante que sea,  de comportamiento desviado es castigado implacablemente. Conservar esa comunidad artificial, mantener ese grupo, requiere un esfuerzo enorme y notables dosis de autocensura (el ego solitario tiene pánico a la exclusión social y paga el precio que haga falta para evitarla).
             Lo blanco es negro y lo negro blanco. La robotización en tareas de atención al público es una tendencia imparable. Nos guste o no cada vez nos atenderán más máquinas y menos humanos. Los humanos presentan esto como un avance. Que nos atienda un operador desde una pantalla se pretende una forma de atención "real" y "personal" cuando es justamente lo contrario. El simulacro suplanta a la persona. Estamos tan acostumbrados a que nos mientan(respiramos publicidad) que esta flagrante falsedad no llama la atención.
             Nuestra sociedad se parece a la idea que tenemos del universo: no un cosmos cerrado, sino en expansión. Una dispersión de cuerpos en trayectorias diferentes, aceleradas, en un espacio vacío y hostil. El modelo cosmológico vigente, la chica absorta en su móvil, la multitud  y el pequeño comercio de la esquina  que cierra porque lo aplasta una multinacional del sector tienen mucho en común. Estos fenómenos están relacionados.
             Por dominar a  la naturaleza y ponerla a nuestro servicio tal vez tengamos que pagar el precio de la soledad, la locura y de nuestra posible aniquilación.